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Los que somos discípulos de Jesús debemos saber que el discipulado significa reconocerlo como
Maestro de vida. Él nos enseña a lo largo de nuestra vida, en todas las circunstancias (sencillas, complicadas, dolorosas, felices, etc.); en todo momento Él es nuestro Maestro de vida.
Nos orienta con su Palabra, pero, sobre todo, con su vida. Si nos preciamos de ser sus discípulos,
tenemos que revisar si estamos dispuestos a seguirlo en todo momento y a aprender de Él.

Nos pide que estemos dispuestos, incluso, a amar por encima de nuestros afectos naturales,
que ordinariamente se dirigen solo a nuestra familia, y preferirlo a Él.

Nos invita a que abramos el horizonte de nuestros amores, que no solo amemos a los que nos aman o a los que tenemos cerca, sino que miremos y amemos a todos, como Él nos ha enseñado a amar. Espera que nuestro amor sea superior al natural amor que sentimos por nuestros seres queridos, que lo perfeccionemos y que sea por convicción, que amemos a Cristo en la persona de todos nuestros hermanos; quiere enseñarnos a amar como Él nos amó, a todos, sin distinción, incluso a los enemigos,
como Jesús lo hizo, que amó a los que lo llevaron injustamente a la muerte.
Por otra parte, es normal que busquemos en la vida la comodidad, que rechacemos el dolor, lo difícil, lo que nos cuesta, la enfermedad y la misma muerte. Nos vamos formando un concepto de vida lo más cómodo posible, pero Jesús nos enseña a ser realistas.
En este mundo no podemos prescindir del sufrimiento, por lo que tenemos que asumirlo en causa de vida y de resurrección, como lo hizo Él, que murió en la cruz, pero resucitó. La cruz se convirtió en el camino para llegar a la plenitud de la gloria y de la vida.

Hay que tomar en cuenta que el que no calcula, puede fracasar, por lo que siempre hay que evaluar,
pensar, discernir qué es lo más importante en la vida, qué es lo que urge decidir y qué es lo que puede esperar.

El que no hace un discernimiento en su vida, la va pasando como viene. El que vive así, difícilmente decide qué es lo que lo hace crecer como persona, qué es lo que lo hace ser más útil y servidor
de los demás. El que no se pone a pensar qué es lo que tiene en su vida, vive a la deriva, sin ningún criterio positivo de acción.
El discípulo auténtico de Jesús analiza y elige aquello que lo hace ser mejor hijo de Dios y constructor de la historia. El discípulo de Jesús no puede vivir a la deriva, como si todo fuera por casualidad.
El discípulo de Jesús asume su vida con responsabilidad y coherencia, y la abraza con todas las exigencias.
Los pensamientos de Dios no corresponden, con frecuencia, con nuestros pensamientos. Por eso, debemos preguntarnos qué tenemos que hacer y esforzarnos por saber qué piensa Dios, qué espera Él de mí, que soy su hijo, para vivir en paz y para ser más productivo en la sociedad.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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