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Alfredo Arnold

La división de los mexicanos en liberales y conservadores no es un invento de la Cuarta Transformación, se trata en realidad del primer rompimiento ideológico-político que ocurrió apenas consumada la ansiada Independencia. En buena parte, esta división provenía de las tesis políticas dominantes en Europa, pero sin lugar a dudas, tuvieron mucho que ver las ideas de la poderosa nación que surgía al norte de nuestro territorio: los Estados Unidos de América.
Durante siglos, México no conoció más sistema político que el monárquico. Desde Tenoch (1325), primer emperador azteca, los mexicas y pueblos subordinados sólo conocieron familias reales, familias imperiales a las que se rendían honores y les dispensaban toda clase de honores: Acamapichtli, Huitzilíhuitl, Chimalpopoca, Izcóatl, Moctezuma Ilhuicamina, Axayácatl, Tizoc, Ahuizótl, Moctezuma Xocoyotzin, Cuitláhuac y Cuauhtémoc. Después de la conquista surgió la figura de Hernán Cortés, cuyo cargo de capitán general abarcaba toda autoridad, y a partir de Antonio de Mendoza hasta el Conde del Venadito transcurrieron casi 300 años de virreyes, representantes del correspondiente Rey de España.

Por eso, cuando Iturbide consumó la Independencia, los mexicanos solamente conocían un sistema de gobierno y no tenían inconveniente en depositar toda la autoridad en la persona del rey. Hidalgo mismo consideraba como objetivo de la insurgencia la restitución de Fernando VII en el trono español además de la destitución del virrey Francisco Xavier Venegas a quien se le atribuía “mal gobierno”.

El 28 de septiembre de 1821, es decir, al día siguiente de la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, se formó una Junta Provisional Gubernativa con Iturbide a la cabeza y 38 miembros de todas las tendencias: Obispos, jesuitas, militares y políticos, entre los cuales se encontraba el español Juan O’Donojú. El gobierno era provisional, en tanto se instalaba el Congreso que se encargaría de proclamar la Constitución.

Los acontecimientos se precipitaron, este arreglo político dejó de funcionar rápidamente. En febrero de 1822 se instaló el Congreso, tres meses después Iturbide se proclamó emperador y en marzo de 1823 abdicó al trono, empujado por el Plan de Casa Mata que lanzó López de Santa Anna y al que se unieron ex iturbidistas como Guadalupe Victoria y Vicente Guerrero.

Ahí nacieron los grupos de conservadores (los que apoyaban el sistema monárquico) y los liberales que lucharon por el sistema federal que es el que finalmente prevaleció. Las ideas liberales ya habían logrado impactar a los políticos mexicanos; un ejemplo es la extensa carta que fray Servando Teresa de Mier digirió a Iturbide, previniéndolo de la decadencia de las monarquías españolas y elogiando los logros que, en cambio, conseguía el pueblo republicano de Estados Unidos.

La guerra entre conservadores y liberales se exacerbó durante la Reforma, y ya en siglo XX tomó matices especiales. En el Gobierno actual, un conservador y un progresista son considerados antagonistas naturales, aunque ni siguiera estén bien definidos ni pertenezcan a una clase social o económica definida.
Es como un cliché artificial para marcar diferencias políticas. “Conservador” puede ser un humilde trabajador y “progresista” un rico empresario, o viceversa.

Fue muy triste que esta división ocurriera precisamente al inicio de nuestra vida independiente, ya que fue la causa de guerras y revoluciones que vendrían en años posteriores, pero al fin y al cabo, ahí va caminando la historia.

*El autor es LAE, diplomado en Filosofía, periodista de vasta experiencia y académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

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