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Una preocupación para los que creemos en la vida eterna es saber cómo alcanzarla. Cuando una persona le presentó a Jesús esta inquietud, Él no respondió con una definición o con un dato estadístico, sino
que señaló con claridad que lo que debemos hacer es esforzarnos por entrar por la puerta angosta, es decir, para entrar por ella debemos asumir las exigencias que implica.
Jesucristo había dicho que Él es la puerta de las ovejas, y el que quiera entrar al redil, tiene que entrar por esa puerta, que es Él, y entender su Palabra, asumir su estado de vida, seguir sus pasos.
No es fácil, porque esto implica negaciones y sacrificio. Por eso, el Señor dice: “¡Esfuércense!”. Seguirlo, amarlo como se debe, implica esfuerzo, no es cómodo, no es solamente el gusto por seguirlo o no. Si queremos anhelar la salvación, no debemos perder de vista nunca al Señor. Solo por Él podemos
entrar a la vida eterna.
La salvación o la condenación depende de la orientación que le demos a nuestra vida. Si orientamos nuestra vida por las enseñanzas de Jesús, obedeciendo su Palabra, vamos por el camino –seguro– de nuestra salvación.

Si orientamos nuestra vida de acuerdo a nuestros propios criterios, si decimos: “Yo elijo lo que debo hacer
y lo que debo evitar, cuándo y dónde; yo establezco las reglas y los criterios de mi forma de actuar; yo me rijo por lo que yo sienta”, la puerta no es Jesús.

Otros acomodan su vida conforme al criterio de los demás o a la opinión que está de moda. Tampoco aquí la puerta es Jesús, y Él nos previene de que nos podemos llevar una sorpresa, cuando el dueño de la casa (Dios) se levante de la mesa y cierre la puerta, y algunos se queden fuera, y aunque toquen
y toquen, nos diga: “No sé quiénes son ustedes”.
Quizás argumentemos: “Pero si hemos comido y bebido contigo…”. No funcionará, porque nos puede pasar que vamos a Misa, pero afuera, cada uno hace su vida como quiere; nos olvidamos de Jesús, no tomamos en cuenta sus enseñanzas en nuestra vida diaria, en las relaciones familiares, de amistad o de negocios, y seguimos nuestros propios criterios. Nos podremos llevar la sorpresa de que Dios nos
diga: “No los conozco”.
El camino de la salvación es el camino del conocimiento y del seguimiento fiel –perseverante– de
Jesús. El camino de la salvación no es el que cada uno se construye, o el que cada uno elige, sino
que el camino es Jesús.

Él no excluye a nadie. Todos somos invitados. Todos, mientras dura nuestra vida por este mundo, tenemos la posibilidad de orientar nuestras acciones hacia Él.
La propuesta es muy seria, porque nos invita a revisar qué tipo de cristianos somos. A veces nos llamamos cristianos, pero nuestra vida nada tiene que ver con las enseñanzas de Jesús.
La vida cristiana es porque se conoce, se ama, se sigue y se vive según Jesucristo. Todo lo demás es confusión en mi vida y en la de los demás, porque sería basarnos en los criterios individualistas
de cada uno.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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