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Alfredo Arnold

Alrededor del presidente de la República debe existir un equipo de primer nivel integrado por unos treinta funcionarios de élite. Son los que habrán de encargarse de elaborar y ejecutar los planes sexenales de acuerdo a los objetivos que les dicte el titular del Ejecutivo. No son necesariamente personas dóciles que cumplan las órdenes a rajatabla, sino entes pensantes que saben discernir la calidad, viabilidad y consecuencias que puede acarrear una instrucción presidencial, y que así lo expresen en el discreto círculo del presidente.
Estos entes excepcionales conforman el gabinete presidencial y de ellos depende una enorme cantidad de trabajadores del Estado, las empresas paraestatales y las políticas públicas sectoriales.
Entre los gabinetes legal y ampliado no debe existir más diferencia que la propia naturaleza del trabajo, aunque la realidad ha demostrado en numerosas ocasiones que entre ellos existen envidias, golpes bajos y deslealtades que no sólo dificultan que se avance, sino que, consciente o inconscientemente, bloquean la actividad de los otros; su afán por ser de los más cercanos al jefe o porque los tomen en cuenta para un cargo posterior, impide la buena marcha del gabinete.
El Presidente López Obrador se refirió constantemente al “elefante reumático” que impedía la marcha eficiente de su gobierno. Él mismo se quejaba de cómo costaba trabajo mover a la burocracia.

El gabinete no sólo debe integrarse por un grupo de personas brillantes; debe ser un verdadero equipo que acompañe al mandatario en la toma de decisiones.
López Obrador no fue un presidente convencido de tener un gabinete fuerte. Su estilo autoritario le impidió dar juego a sus secretarios, a quienes impuso un silencio casi total y sólo articulaban palabra cuando eran invitados a las Mañaneras o tenían días señalados para informar sobre precios, seguridad, obra pública, salud, relaciones exteriores y algunos otros temas.

Eso explica la cantidad de promesas incumplidas que le deja a la Presidenta electa Claudia Sheinbaum.
Hasta tres secretarios hubo en algunas dependencias, personajes que ni siquiera tenían los mismos perfiles, como en Gobernación por donde han pasado Olga Sánchez Cordero, Augusto López y Luisa María Alcalde, o Educación, con personajes tan disímbolos como Esteban Moctezuma, la gobernadora mexiquense Delfina Gómez y la actual secretaria Leticia Ramírez.
Las fuerzas armadas sí fueron de vital interés para el Presidente, ya que mantuvo al general Luis Cresencio Sandoval al frente de la Secretaría de la Defensa y al almirante Rafael Ojeda como titular de la Secretaría de Marina. Hacienda fue un caso especial, ya que la tempranera renuncia de Carlos Urzúa fue cubierta rápidamente por Arturo Herrera y la salida de éste por Rogelio Ramírez de la O, quien incluso continuará en el gabinete de Claudia Sheinbaum.

La construcción de obras como el aeropuerto “Felipe Ángeles”, el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas, y la administración de Aduanas, fueron poderosos argumentos para que la Sedena y Marina permanecieran con mandos estables durante el sexenio. La estabilidad financiera también lo fue para la inamovilidad de Ramírez de la O.
Pero, el resto del gabinete fue un desorden: Relaciones Exteriores fue un caos; Educación careció de rumbo; Salud y Seguridad Pública, de los mayores desastres.
Si Claudia Sheinbaum logra desprenderse de la influencia lópezobradorista, seguramente necesitará un gabinete de altura; ya sabe lo que es tener un secretario capaz, como lo fue Omar García Harfuch en la Ciudad de México. En la Presidencia harán falta más funcionarios capaces que la apoyen.

El gabinete debe ser impecable.
No importa si todos son hombres o todas son mujeres, lo que se necesita es que sean expertos y que ayuden a la Presidenta a tomar las decisiones que requiere el país.

*El autor es LAE, diplomado en Filosofía y periodista de vasta experiencia. Es académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

@arquimedios_gdl

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