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VICTOR ULÍN

Un paliacate cubre sus rostros para que parezcan adultos, pero los cuerpos delatan sus edades de entre 11 y 15 años. Los fusiles que acompañan la rigidez del firme que imitan de los soldados, que no son, los hace ver igual de pequeños. De indefensos.
No hay quejas ni gritos reseñadas de los 20 pequeños apostados en la plaza central para pensar que están a la fuerza siendo integrados a la Policía Comunitaria de Ayahualtempa, en las montañas de un Guerrero lastimado.
El pueblo reunido, encabezados por sus líderes, que se rigen por los usos y costumbres, atestigua como los 20 hijos de familias se sumaron para tratar de evitar más secuestros y ataques de Los Ardillos, a los que acusan de las agresiones que sufren desde hace años sin que el gobierno estatal o federal lo impidan.
El pasado 19 de enero vivieron la más reciente agresión: una familia completa fue secuestrada. No los han encontrado ni tampoco los devuelven. Mañana podría ser alguien más, incluido los niños que estarán alertas vigilando, pendientes de que no se asome una desgracia más que enlute a sus hogares, al pueblo.
Hay miedo. No se necesita estar ahí, en lo frío de las montañas de Guerrero, para sentir también la impotencia del pueblo de Ayahualtempa que lanza, con sus hijos enfundando un arma, un grito de auxilio.

En lo absurdo, lo que encuentran es la amenaza del Gobierno de Guerrero, que condena que niños sean incorporados a la Policía Comunitaria, pero que no dice nada sobre el martirio que viven los habitantes de la comunidad que están luchando por defender sus vidas y que procuran solventar la incapacidad de los gobiernos.
Hoy Ayahualtempa de Guerrero dejó el anonimato y el de los niños, cuyos padres no dudaron en ofrecerlos a una causa que es la causa de todos: volver a vivir en paz en un país que se desangra de norte a sur y que ha quedado huérfano ante un gobierno federal y estatal, que han claudicado con su fallida estrategia de seguridad, en su responsabilidad de protegerlos.

Lo que padecen en Ayahualtempa, en Guerrero, no nos es ajeno. Ocurre en otros partes del país, aquí mismo en Jalisco, principalmente en las comunidades abandonadas a su suerte por el gobierno omiso. Cuando los padres falten porque los están matando, aparecerán los hijos enfundando un rifie o un machete.
A la retórica oficial que presume la disminución de muertes, lo desnuda a diario una realidad sin concesiones, cruel y bruta: cadáveres por doquier. Unos asesinados a sangre fría y otros desenterrados.
Los habitantes de Ayahualtempa y sus niños no quieren terminar así, ni tampoco nosotros que vivimos aquí y que lidiamos a diario con la muerte, que llega como una bala perdida en un fuego cruzado o por salir a gritar que nos devuelvan a nuestros desaparecidos.

En este secuestro del país que el gobierno no quiere aceptar, quizá terminemos siendo la última resistencia, como la que ahora son los padres e hijos en Ayahualtempa, en las montañas frías e impunes de Guerrero.

@arquimedios_gdl

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