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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El término es nuevo, pero equivalente al clericalismo desde el ámbito seglar.
Bajo su nombre se describe un conjunto de actitudes que en ocasiones pueden tomar los laicos comprometidos que colaboran en el anuncio del Reino de Dios desde la Iglesia.
En efecto, en todas las Parroquias y en todas las Diócesis son muchos los laicos comprometidos que trabajan intensamente en las tareas de la Iglesia, lo hacen de manera generosa y activa, se esfuerzan todo el tiempo para combinar su trabajo cotidiano con el trabajo pastoral, muchas veces haciendo uso de sus tiempos de descanso, de sus tiempos libres, de sus fines de semana, sin otro objetivo que el de servir a Dios y a los hermanos.
Pero puede ocurrir que de pronto pierdan la brújula, sea porque se clericalizan, se sobre todo cuando tienen acceso al ejercicio de la coordinación y, por ende, al ejercicio de la autoridad, tan proclive a confundirse con el poder y el protagonismo personal.
Cuando personas con problemas de autoestima, conflictos de autoridad, complejos de inferioridad o de superioridad, asumen cargos, tienden a verlos como una especie de reivindicación existencial, de autoafirmación, de dominio y de poder, razones que pueden explicar la prepotencia con que actúan, la manera inapropiada en que tratan a sus subordinados, y por supuesto, el apego enfermizo al cargo, mismo que buscan ejercer a perpetuidad, ya que perderlo es como dejar de ser, dejar de valer, volver a carecer de importancia.
Apoderarse del cargo puede llevarlos a manejarse con doblez o con servilismo

frente a la autoridad eclesiástica, pero igualmente los puede hacer rebelarse en contra de esa autoridad si la ven como amenaza a sus intereses.

Afortunadamente no es algo muy común, pero cuando sucede produce graves males en las organizaciones laicales. Una persona que busca a como dé lugar mantenerse en un cargo directivo, no solamente impide la renovación del grupo, sino que niega a otros la oportunidad de ejercitarse en este servicio, empobreciendo y, a veces, envejeciendo al organismo que dirige. Prolongarse en esta especie de dictadura laical conlleva prolongar estilos e inercias que traban la libertad del espíritu siempre tan pródigo en sus dones y carismas.
Las organizaciones lógicamente se estancan, pierden vigor y dinamismo, tienden a repetirse, porque eso es más cómodo para el dirigente. Un líder aferrado buscará apoyarse en sus “compadres”, y así todos cooperarán para mantenerse en sus cargos a costa de los nobles fines que originalmente perseguía dicho organismo.
Este mal se ha podido identificar en tantas partes que la misma Santa Sede ha tomado cartas en el asunto, estableciendo la necesidad de la constante renovación de los liderazgos y limitando la posibilidad de reelegirse en ellos, lo cual supone un cuidado pastoral constante por parte de Presbíteros, Obispos y cuantos tengan responsabilidad en este asunto, evitando de igual modo perpetuar liderazgos laicos por la razón de que al Sacerdote le acomoda, aunque a todos los demás les incomode.

armando.gon@univa.mx

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