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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

No es que no conozcamos la verdad, es que nos da miedo lo que enseña, y por lo mismo muchas personas prefieren no saber nada de nada, porque o va en contra de sus creencias más profundas y amadas, o porque afecta sus intereses sean económicos, políticos o incluso familiares. Así sucede que la esposa engañada, lo sabe, pero prefiere ignorarlo.
Por lo menos desde el siglo XVII, no pocos cristianos comenzaron a ver con verdadero terror a los hombres de ciencia, pues estos, gracias a su trabajo, fueron descubriendo una serie de cosas que contradecían creencias antiguas, como, por ejemplo, que Dios materialmente formó al primer hombre amasando una figura de barro, y al segundo, que fue mujer, sacándole una costilla al primero, es decir, con base al oficio de alfarero y cirujano experto en trasplantes. Nadie advertía el carácter parabólico, poético, de estos textos, así que los tomaban al pie de la letra.
Venimos de una sociedad que ni siquiera era capaz de explicar a los niños la forma en que los niños son engendrados, así que se acudía a la fácil solución de inventar una cigüeña repartidora de criaturas, por lo común, moldeadas en París. Todavía no existía Estafeta ni empresas similares.

Por el miedo a la verdad mantenemos una historia de México edulcorada por héroes perfectos y por lo mismo inexistentes, o ensombrecida por villanos que no lo fueron, o no del todo.

También a la Iglesia le ha sido difícil enfrentar verdades antes no conocidas y con alguna frecuencia ha preferido negarse a ellas por el falso temor de que conocer la verdad puede ser perjudicial para los fieles, temor injustificado, toda vez que el Evangelio enseña que la verdad nos hace libres; por lo mismo, tampoco como cristianos hemos podido madurar, nos mantenemos en el infantilismo histórico que tanto mal nos ha hecho y nos sigue haciendo.
Desde los cercanos y olvidados tiempos del Concilio Vaticano II, aprendimos que la Iglesia, en cuanto a sus componentes humanos, no es perfecta, sino perfectible, y que, por lo mismo, tanto un fiel laico, como un fiel Obispo, pueden equivocarse, y si lo hacen, lo maduro, correcto y cristiano, es admitirlo y seguir adelante ¿No fue esa siempre la actitud del Apóstol Pedro?
Un futuro sólido y confiable no puede construirse sobre creencias equívocas o legendarias tomadas como verdades absolutas que luego se intentan sobreponer a la enseñanza misma del Evangelio; la raíz de la comunidad cristiana es Jesucristo, y es su obra redentora lo que hizo nacer la fe en América, como la ha hecho surgir por todos los rincones de la Tierra, para luego ser el mismo Señor de la historia, la causa profunda y activa de nuestra unidad y perseverancia, perder de vista estas verdades reveladas y experimentadas es lo que ha debilitado a la comunidad católica, justo en el momento en que mayor debería de ser su fortaleza.

armando.gon@univa.mx

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