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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La guerra del Mixtón concluyó el 16 de diciembre de 1541 ¿cómo pudo terminar una sublevación tan poderosa y tan bien organizada? Los pueblos indígenas sublevados se empeñolaron en la cumbre llamada del Mixtón, frente a la entonces aldea de Apozol, y ahí permanecían durante meses sin que las tropas españolas y sus aliados traídos de Tlaxcala, México y Michoacán, pudieran siquiera acercarse a las faldas, sin embargo, no fue este sitio lo que definió la guerra, sino el hecho de que los pueblos del sur de Jalisco y del valle de Atemajac decidieran no unirse al levantamiento. Ciertamente de haberlo hecho, solamente habrían prolongado las luchas y las muertes, el imperio español tenía la capacidad de resistir y los medios para hacerlo, el resultado habría sido no sólo la matanza sino además la esclavitud de los vencidos.
Los misioneros entendían perfectamente este grave dilema y en todo momento aconsejaron una paz negociada, esta fue la obra de Antonio de Segovia, el gran artífice de la reconciliación, que además logró que varios cientos de sublevados bajaran del Mixtón en vísperas de la batalla final, mismos que en días posteriores trajo a repoblar diversos sitios de los valles de Atemajac y Tesistán.
Testigo de todos estos esfuerzos y correrías fue la pequeña imagen de la Virgen que siempre traía sujeta sobre el pecho, y que el propio fraile donara a indígenas pacificados que repoblaron Zapopan, la poderosa intercesión de la Virgen estaba fundando el futuro.

El virrey Antonio de Mendoza se comprometió a respetar la vida, libertad y posesiones de los indígenas

que aceptaran la paz, y así lo hizo, pero persiguió a aquellos que ante la derrota militar huían a las serranías, persecución que finalmente tuvo poco éxito, dadas las condiciones tan accidentadas de la región norte de Jalisco y de las comarcas de Nayarit y Zacatecas, justo en esa zona que hoy conocemos como el Nayar, y donde hasta la fecha se mantienen los descendientes indígenas de aquellos sucesos, conservando en buena medida tanto su cultura como su ancestral religión.
El futuro siguió por la ruta de la paz promovida por los misioneros: los pueblos devastados se reconstruyeron, Guadalajara pudo finalmente establecerse en este valle de Atemajac, los centros misionales rehechos dieron lugar a nuevas fundaciones por las cordilleras de Colima, Autlán, Tepic, Zacatecas, Lagos, Coahuila, penetrando cada vez más en el lejano norte del territorio, nuevas villas españolas fueron estableciéndose por todas partes, sobre todo en la región de los altos, mientras los antiguos pueblos indígenas aliados, conservaban y se mantenían en las tierras fértiles del sur y del poniente, el milagro de la paz estaba produciendo el milagro de la vida que afloraba por doquier, de esta suerte fue posible igualmente fundar una nueva diócesis, en 1548, que pronto será llamada diócesis de Guadalajara. Esta serie de acontecimientos constituyen los hechos fundantes de nuestra identidad tanto política como eclesiástica, y los métodos seguidos fueron tan exitosos que siguen dando fruto hasta el presente.

armando.gon@univa.mx

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