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Juan López Vergara

Nuestra madre Iglesia presenta la escena de la Transfiguración del Señor, donde nos es revelado el inefable misterio de su soberana majestad, en cuyo centro, justo en el verso quinto, resuena la voz de Dios Padre, afirmando que Jesús es su Hijo muy amado, en quien tiene sus complacencias (Mt 17, 1-9).
LA GLORIA DE DIOS RESPLANDECIÓ EN JESÚS
Jesús fue a un monte, lugar de encuentro con su Padre, y llevó a tres de sus discípulos, para que fueran testigos: “Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve” (v. 2).
La palabra griega metamorphei designa una transformación, un cambio de apariencia visible.
La gloria de Dios resplandeció y lució a través de Jesús (compárese Ex 34, 29-30).
¡EL MIEDO PARALIZA!
Se hicieron visibles Moisés: el primer legislador, y Elías: el primer profeta (véase v. 3). Pedro le dijo que sería bueno quedarse allí (véase v. 4); y
Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: ‘Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias; escúchenlo’” (v. 5). Los discípulos, impresionados cayeron rostro en tierra sobrecogidos de espanto (v. 6). Jesús se acercó, los tocó y les dijo: “Levántense y no tengan miedo” (v. 7).
¡El miedo paraliza! Nunca debemos olvidar que el Evangelio mateano termina con la promesa del Señor de estar con nosotros hasta el fin del mundo (véase Mt 28, 20).

“ÉSTE ES MI HIJO MUY AMADO, ESCÚCHENLO”
Hace unos años, me invitaron a compartir unos Ejercicios espirituales ignacianos con el presbiterio de la Diócesis de Tarahumara, en unión con su Obispo. El tema de fondo que elegí fue el de las Bienaventuranzas, por considerarlas el Evangelio del Evangelio. Por las noches la comunidad se constituía en sujeto de interpretación, poniendo en común lo contemplado cada día en nuestro retiro, dando vida a la promesa de Jesús: “Donde están dos o tres reunidos en mí nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Un día meditamos con especial cuidado la escena de la Transfiguración, que no es un texto fácil de interpretar, por los innumerables matices que entraña. Tenía mucho interés en escuchar a los participantes.

Uno de ellos, un comprometido misionero muy sencillo, dijo que lo comprendió de maravilla, porque en días pasados estando haciendo algo para comer había dejado la ventana de su pequeña vivienda abierta.

Un niño tarahumara se asomó y lo interpeló: “Padre, ¿por qué estás así?”. Ya era mediodía. “¿Así cómo?”, respondió el padre al niño, quien le aclaró que lo veía muy inquieto. Él le contestó: “Es que no he almorzado nada desde que me levanté, fui a atender a un enfermo en un poblado vecino”. “Yo te gano, llevó tres días sin comer”, dijo el niño. El padre de inmediato lo invitó a pasar y compartió con él sus alimentos.
Los que lo escuchábamos no veíamos la relación con la escena de la Transfiguración.
El misionero aclaró: “Pues muy fácil: ¡Éste es mi hijo muy amado, escúchenlo!”.
Muy apreciables lectores, para actualizar el santo Evangelio del día de hoy, los exhorto a tomar conciencia del resplandor de Cristo, el Hijo amado del Padre, que aparece en el rostro de cada uno de nuestros hermanos más necesitados (compárese Mt 25, 40).

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