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Pbro. Fernando Ramos Torres

El ser humano está en un continuo desarrollo y en la búsqueda de encontrar un sentido y significado de su vida, así como de una felicidad plena.
Cuando en un lugar público concurrido de personas se ve la expresión de amor entre un hombre y una mujer, presentándole su anillo de compromiso, a todo mundo llena de emoción, alegría, esperanza y genera un momento de felicidad, por la decisión de la unión de sus vidas en el matrimonio de esos jóvenes.
Es altamente apreciado el matrimonio por la sociedad porque ve ahí un camino de realización y felicidad. La persona en su interior está inquieta en su corazón para encontrar una vida estable con el ser amado, pero que difícil fundarlo sólo en la fragilidad de dos voluntades, donde no se ha tenido una formación específica para ser esposo o esposa, madre o padre, formando un matrimonio donde sólo se aguanta el peso del día esperando que algún día cambie la situación, sufriendo en el interior.
El plan del Creador es diferente, nos ha destinado en una vocación para el amor con dos caminos: la virginidad o el matrimonio (FC16), donde Dios manifiesta su alianza con su pueblo, nos dice san Juan Pablo II. Por eso, el amor tiene leyes propias, así se construye una alianza conyugal; si bien es cierto, con la voluntad firme de la persona de donarse mutuamente de forma irrevocable, pero sostenidos por Dios y acompañados de la Iglesia como madre, se constituye en un sólido cimiento para el matrimonio y la familia, dando seguridad y gozo; así ofrecer al mundo un verdadero testimonio de bienestar y verdadero desarrollo para la sociedad, mostrando el rostro misericordioso de Dios.

La fe cristiana, en el sacramento del Matrimonio, ve el lugar propicio y estable para poder llevar una vida feliz y, sobre todo, con muchos frutos, así lo señala el Papa Francisco en Amoris Laetitia: “Cuando entramos en el umbral del hogar encontramos en el centro una pareja con toda su historia de amor, y ahí se cumple lo que Cristo dijo en Mt. 19, 4 “¿No han leído que el Creador en el principio los hizo varón y mujer?”, haciendo referencia a los dicho en Gn. 2,24 “por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y los dos una sola carne” (AL 9). Es ahí que vemos la naturaleza del matrimonio en la vida cristiana, y fundar una nueva familia siguiendo el plan de Dios, por eso, en el Derecho Canónico encontramos una definición:
«La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados» (CIC, 1055 §1).

LOS FINES DEL MATRIMONIO
Los fines del matrimonio son el amor y la ayuda mutua, la procreación de los hijos y la educación de estos (CIC no. 1055). En el hombre y la mujer hay una necesidad de amar, y por eso se compromete en el matrimonio, para poder construir una comunidad fecunda en el amor.
El ser humano, al emprender ese camino al amor con el sacramento del matrimonio, lo lleva hacia la santidad. al estar en comunión con Dios nuestro Padre, se forma una comunidad de vida y amor, en mutua entrega, cumpliendo sus mandatos establecidos y con la certeza de que Dios es el autor del matrimonio, el cual lo ha dotado con bienes y fines (Gudium et Spes 48).

EL AMOR, PRINCIPIO DE UNIDAD
El hombre y la mujer van construyendo lazos, por medio del amor, fuerza interior que ayuda a la persona a lograr grandes cosas como fundar una familia.
Sin amor no hay unidad, ni empatía, ni comunicación, ni felicidad, por eso se debe crecer y educar en el amor para estar capacitados y establecer una alianza perdurable con otra persona. El amor conyugal maduro es diferente, íntimo, cercano, exclusivo y de total entrega a ejemplo de Cristo, que se entregó por su esposa la Iglesia (Ef.5, 25). Así los esposos están unidos en el amor de Dios, y ese amor es fiel, es paciente, perdona, es constructivo, se alegra por el crecimiento del otro, es respetuoso, hace que se desarrollen y florezcan como personas.

LOS HIJOS, EL GOZO DE LOS PADRES
Otro fin del matrimonio son los hijos. A veces se planean, se desean, se esperan y en otras veces llegan de sorpresa, pero siempre son una bendición de Dios, fuente de esperanza no sólo para la familia, sino para toda la sociedad. Pero ¿Dónde se aprende a ser padres? Sin saberlo lo aprenden siendo hijos, que con tristeza, en algunos casos, no fue la mejor experiencia, y se quiere sanar dándole al hijo lo que no tuvo en su hogar, condicionando en ocasiones con las expectativas paternas; por eso la Iglesia acompaña a sus hijos en esta etapa importante, ya sea con dirección espiritual con los Sacerdotes, o con retiros y escuela para padres, por medio de la Pastoral Familiar; ya nos decía el Concilio Vaticano II: “La familia es escuela del más rico humanismo” (GS. 52). Por eso la importancia de prepararse cada día más para educar a la prole, para que cuando lleguen a la vida adulta tengan un gran sentido de responsabilidad y puedan responder a la vocación de Dios.

El mismo Concilio nos recuerda que el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación, sino que por su carácter de alianza indisoluble, aunque los hijos llegaran a faltar, el matrimonio está bien constituido como comunidad y comunión de vida, con su valor e indisolubilidad (GS 50); la Iglesia misma acompaña a esos matrimonios y los invita e impulsa a vivir su paternidad de manera diversa para que alcance su más grande plenitud familiar.
LA CULTURA DE LA FAMILIA CRISTIANA
Teniendo claras las propiedades del matrimonio: unidad e indisolubilidad (CIC 1056), se puede fundar una cultura cristiana de la familia, siendo un lugar seguro de expresión de valores según el Evangelio, porque siguiendo a Cristo en un discipulado nos invita a estar con Él, buscando la santidad, enseñándonos a vivir nuestra vida (Jn.10,10), aprovechando el tiempo en la edificación del hogar familiar hacia una Iglesia doméstica, lugar de encuentro entre los esposos, los hijos y con Dios, para así llevar acabo la misión en este tiempo histórico que nos toca vivir. El Papa Francisco nos alienta a no tener miedo a las crisis, sino que son un momento de esperanza y cambio, por eso nos dice en Amoris Laetitia:

“La historia de una familia está surcada por crisis de todo tipo, que también son parte de su dramática belleza. Hay que ayudar a descubrir que una crisis superada no lleva a una relación con menor intensidad sino a mejorar, asentar y madurar el vino de la unión”(AL 232).

La cultura de la familia cristiana tiene la misión de ayudar a las demás familias en crisis a dar esperanza, para que no se resignen a vivir menos felices, sino al contrario se abre una posibilidad nueva para alcanzar la plenitud. Por eso la Iglesia, consciente de este desafío, acompaña a las familias para que alcancen su más alta vocación: ¡Familia, sé lo que eres! (FC 17).

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