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Laura Castro Golarte

Jesús López Portillo y Serrano, quien fuera gobernador de Jalisco por dos breves periodos durante los vaivenes caóticos del siglo XIX, escribió la biografía de fray Antonio Alcalde que publicó el Ayuntamiento de Guadalajara e imprimió Dionisio Rodríguez en 1875, se percató del valor urbanístico del conjunto de obras que se emprendieron en el viento norte de la ciudad: parroquia, camposanto, viviendas para el cura y el sacristán y casas para la manutención de otras obras.
López Portillo explicó que no había escrito sobre el Santuario de Guadalupe en la parte de las fundaciones del obispo de Guadalajara a favor del culto divino, porque el inmueble no sólo tuvo ese carácter en su concepción sino dos: “edificio religioso y causa principal del crecimiento de la ciudad”. Así de sencillo:

Antes de la venida de este Pastor, la ciudad estaba muy limitada por el lado Norte; pero con la construcción del Santuario, del Beaterio y Belén, la población se extendió considerablemente hacia ese rumbo. Para dotar el Santuario mandó edificar ciento cincuenta y ocho casas, noventa y una para el Beaterio y otras muchas para Belén; así es que el Señor Alcalde fue el fundador de aquel barrio, tanto por haber dispuesto todas las obras que quedan mencionadas, como también porque al arrimo de ellas se fueron levantando otras.
Cuál sería el impulso que recibió el comercio por el consumo de todos los materiales de construcción, y cuántos artesanos tendrían ocupación y ganarían sustento para sus familias, fácil es conocerlo, con sólo ver el número y la calidad de los edificios […]

Esta descripción incluye un elemento más de suma importancia: en el barrio o barrios de la zona, que hoy podemos identificar como del Santuario, Centro y Alcalde Barranquitas, también estaban los talleres o fábricas cuya apertura promovió el obispo en cuanto llegó a Guadalajara, de la mano con la Real Audiencia y un grupo de comerciantes.
Desde hacía algunos años la población había ido creciendo alimentada por una migración campesina, desde Zacatecas principalmente, y había presiones en materia de empleo y seguridad. Sergio Alcántara Ferrer, en “La identidad cultural en el barrio del Santuario: orígenes” (Capítulos de historia de la ciudad de Guadalajara, 1992), escribió:

[…] a instancias del recién nombrado obispo de la diócesis de Guadalajara don Antonio Alcalde, en 1772 la Real Audiencia de la ciudad se planteó la necesidad de atender ese problema promoviendo la inversión y el establecimiento de talleres artesanales o “fábricas” para tejidos de algodón y de lana y para curtiduría y trabajo del cuero que dieran ocupación a la creciente población desempleada.

No fue fácil lograrlo, llevó casi un lustro, pero los cien talleres de aquella iniciativa se establecieron justo en el barrio. Es decir, cuando el Ayuntamiento de Guadalajara manifestó la necesidad de construir una parroquia en esa zona de la ciudad, las dinámicas económicas, demográficas y sociales eran intensas y reclamaban atención. Con una batería de argumentos, las autoridades municipales, sin dinero para tal obra, apelaron a la bondad de fray Antonio para que destinara algo de las rentas episcopales a la fábrica del templo.
El prelado no sólo aceptó que fuera a sus expensas, sino que se apropió de la iniciativa, se convirtió en la fuerza ejecutiva y completó la idea con la ampliación de las obras: parroquia por supuesto, pero además panteón con su capilla y viviendas; aparte del nombramiento del primer cura.
A pesar de tener que cumplir con los protocolos burocráticos, todo fue muy rápido; las obras le llevaban la delantera a los trámites. El primer planteamiento del Ayuntamiento que se conoce tiene fecha de 27 de junio de 1777. Se expuso la necesidad, se reconocía la falta de dinero y se acordó “pasar billete” al obispo de Guadalajara. Este auto se remitió al regente de la Audiencia quien dio cuenta de la notificación con fecha 30 de junio y estuvo de acuerdo en que se acudiese al “Reverendo obispo de esta Diócesis a fin de que concurriese con alguna limosna del sobrante de sus rentas y otros auxilios que estimase convenientes al proyecto”.
Hubo otros asuntos que completar porque el Ayuntamiento donaría el terreno. Fray Antonio Alcalde recibió la propuesta del municipio el 5 de agosto de 1777 y tres días después, el 8, ya estaba lista la respuesta. Los trabajos de construcción empezaron ese año y terminaron en enero de 1781. Durante el proceso se ofrecieron explicaciones al Consejo de Indias, a la Corona y se cumplieron los requisitos.

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