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Hermanas y hermanos en el Señor:

Nuestra vida sobre la Tierra está marcada por la enfermedad y por el sufrimiento. Esto nos hace vivir con una dolorosa incertidumbre que contrasta con el deseo íntimo que tenemos de vivir seguros, felices y protegidos.
Ante esta realidad humana que experimentamos siempre, Jesucristo es el único que puede remediarla. Al Señor le llevaban a todos los enfermos del pueblo, y Él los curaba.
Jesús es la presencia del Reino de Dios en el mundo, un reino que es de salud, de justicia, de felicidad y de paz.
Es lo que asumió como su programa permanente de vida.
Como parte de su sentido de existencia, además, oraba, entraba en comunión con su Padre. ¿De qué hablaban en esos momentos de intimidad? Sin duda que del dolor y del sufrimiento de nuestra humanidad. El Hijo no podía dejar de comentar lo que estaba palpando en aquella multitud de enfermos.

Jesús nunca se negó a atender a la gente porque, como decía, “para eso he venido”. Era la misión para lo que el Padre lo había enviado, que curara las dolencias, enfermedades y tristezas del hombre.

Esos signos que el Señor hacía no eran sólo de palabra, sino que, en su Persona, abrazó e hizo propio todo el sufrimiento de la humanidad. Él mismo padeció todo el dolor que se puede experimentar en este mundo y, al final, padeció una muerte cruel e injusta. Fue azotado, fue humillado, fue crucificado, se burlaron de Él, y fue puesto en el sepulcro, pero Dios lo resucitó al tercer día.

Jesús no vino como un curandero, sino que abrazó, de forma profunda, el dolor humano, lo hizo propio.

A partir de ahí, espera que sus discípulos, sin renunciar a lo que nos acompaña en esta vida, iluminemos el sufrimiento propio y el de los demás, con la luz de su misterio pascual (Pasión. Muerte y Resurrección).
La última victoria la debe tener la vida sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte, que Jesús ya vivió, y que nosotros estamos invitados a vivir.
Nuestro dolor y nuestras enfermedades no las podemos evitar, las podemos curar con la ayuda de la ciencia, pero sabemos que vamos a morir. Sin embargo, no es lo mismo morir sin luz de esperanza a morir sabiendo a dónde vamos.
¿Qué hay después de tanto sufrimiento? Viene la resurrección, es decir, la plenitud de la vida de Dios. El temor más grande es que volvamos a la nada, pero el Señor nos señala que vamos a vivir en plenitud lo que más añoramos en este mundo: la vida y la felicidad, sin tener que cargar con el sufrimiento.
La Iglesia ha tenido como encargo velar por el sufrimiento de todas las personas. Siempre se ha preocupado por atender a hombres y mujeres que, de diferente manera, sufren. Esta vocación de la Iglesia es la participación del ministerio de Jesús. Para eso ha sido creada, para hacer palpable del amor de Dios en todos los que sufren.

También nosotros estamos llamados a estar cercanos, a estar atentos, a ser sensibles, a prestar ayuda a los hermanos que más sufren.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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