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PBRO. ARMANDO GONZ ÁLEZ ESCOTO

Luego de más de cuatro mil años, el pueblo judío conserva su identidad, y gracias a ella ha sobrevivido a todo tipo de calamidades.
La identidad judía se basó en tres pilares: conciencia de origen, experiencia de vida, y compromiso ético.
El texto más antiguo de la biblia es un apelo a la conciencia de origen: “mi padre fue un arameo errante”, se llamaba Abraham, y como sabemos, los judíos lo consideraron su padre en la fe, padre del pueblo de Israel.
La experiencia de vida fue una experiencia de sobrevivir a las plagas de Egipto, al cruce del mar rojo, a la travesía por el desierto, a las guerras y exilios, experiencias concretas en favor de esta vida terrenal.
El compromiso ético nace de su alianza con Dios, cifrada en diez palabras, que son los mandamientos, un código de ética para vivir en el mundo de la mejor manera posible.
La Iglesia de Guadalajara, al igual que el pueblo de Israel tiene también una identidad propia, como iglesia diocesana, expresión de la Iglesia universal.
Nuestro padre fue un fraile de la estricta observancia, que llegó a estas tierras en 1530, a pie y descalzo, como un nuevo Abraham que anuncia la palabra de Dios y mueve a la conversión.
Nuestra experiencia de vida ha sido sobrevivir a los innumerables retos que la realidad nos ha presentado: la novedad de la llegada española, la violencia desatada de indígenas contra indígenas, de españoles contra indígenas, las divisiones raciales y sociales, las calamidades naturales y las históricas, de la Guerra de Independencia a las persecuciones religiosas.

Nuestro compromiso ético ha sido aceptar y hacer vida el Evangelio en todos los aspectos, especialmente en las obras de misericordia, que ya para el siglo XIX hacían decir a los visitantes: “mientras en otras partes te muestran iglesias, en Guadalajara te muestran escuelas, asilos y hospitales”.
El símbolo que expresa, sintetiza y nos recuerda esta identidad ha sido constantemente la venerada imagen de Nuestra Señora de Zapopan, que fue testigo de la evangelización originaria, de las guerras, de la pacificación en condiciones de libertad y justicia para los indígenas, de la integración racial y de la social, y desde luego de ese impresionante ejemplo de resistencia pacífica que inicia en 1868 y culmina con la obra colosal de Anacleto González Flores en 1919, que confió y puso en manos de la Virgen de Zapopan, y alcanzó un éxito admirable.
No siempre el pueblo judío fue consciente de su identidad, en ocasiones la olvidaba, entonces Dios les enviaba profetas que les recordaran la memoria de quiénes eran y de quién era el Señor Dios en quien habían creído, nosotros también necesitamos hoy que la pastoral de la diócesis nos recuerde nuestra identidad y lo que Dios ha hecho por nosotros a lo largo de nuestra historia como Iglesia particular de Guadalajara; tenemos el símbolo, Nuestra Señora de Zapopan, nos hace falta quién nos lo interprete.


armando.gon@univa.mx

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