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Cuando Jesús dice que quien ama a su padre, a su madre, a su hijo, a su hija, más que a Él, o que quien no toma su cruz y lo sigue, no es digno de Él, está hablando, en primer lugar, del discipulado, es decir, nos está llamando a ser sus discípulos, porque Él es el enviado del Padre, la presencia viva de Dios Padre entre nosotros.

No hay cosa más grande en este mundo que acoger el amor de Dios, su misericordia infinita, que nos ha ofrecido en su Hijo Jesús.

No se trata de que el Señor desconozca el amor entre la familia, ni que repruebe el cariño normal y natural que sentimos por nuestros seres queridos. De lo que se trata es de que no antepongamos el amor humano al amor infinito que Dios nos tiene.
Todavía más, el Señor nos quiere decir que, por más grande que sea el amor entre padres e hijos, entre hermanos, etc., siempre habrá la posibilidad de que sea imperfecto.

De hecho, los que se oponen a Cristo no son solo los que están fuera de nuestra familia, sino que muchas veces en nuestra propia familia encontramos quién se opone al amor de Dios.

Les comparto una experiencia. En nuestro Seminario de Guadalajara varios seminaristas me han compartido que, algunas veces, quien se opone a que ellos sigan preparándose para el Sacerdocio es uno o los dos papás, quienes no pueden admitir que su hijo se consagre a Dios.

No siempre la familia es garantía de fidelidad y de correspondencia al amor de Dios.

Es cierto, cuando se dan estos casos,

también he constatado la evolución de los papás, al pasar los años, y si llega el día de la Ordenación, los mismos se sienten agradecidos que su hijo haya llegado a la meta.
El que es discípulo de Cristo, el que se compromete a seguirlo, va a aprender a amar a los demás como Él ama.
El seguimiento de Cristo es garantía de amar a los demás, de amar de verdad a nuestros seres queridos.
Porque hay hijos que ya no aman a sus padres ni los atienden; solo los querían por interés.

El que es discípulo de Cristo asegura para sus seres queridos el amor a toda prueba y en cualquier circunstancia. Y rechaza el amor convenenciero o condicionado.

El amor que nos enseña Jesús, cuando somos sus discípulos, es amar por encima de todo, sin condición, sin buscar recompensa.
Jesús, que dio toda su vida por nosotros, quiere que lo sigamos por encima de todo y antes que todo, porque es garantía de que Él nos va a enseñar a amar como Él ama.
Despejemos esa duda de que Cristo lo quiere todo para Él. Lo que espera es que estemos unidos íntimamente a Él, y el amor de Dios estará asegurado.
Quiere que lo sigamos, que seamos dignos de su seguimiento, para que aprendamos a amar como Él, a ser como Él, a servir como Él, a ser sensibles y cercanos con los demás como Él, y que aprendamos que somos hermanos, sin distinción.

Yo les bendigo en el Nombre del
Padre, y del Hijo y del
Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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