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Hermanas y hermanos en el Señor:

El hecho de que la primera manifestación del Hijo de Dios hecho hombre haya sido a los pastores, nos indica que el Señor se manifiesta de manera especial a los humildes y sencillos de este mundo.
Los Magos de Oriente descubrieron en la estrella que se les apareció una correspondencia al deseo que llevaban en su corazón de tener un mundo más fraterno y más justo.
¿Qué pueden enseñarnos los pastores y los Magos ante la manifestación del Hijo de Dios? Que para descubrirlo, hay que buscarlo. Él ya hizo su parte, ya vino a nuestro encuentro, ya se nos manifestó, pero se hace necesario que lo busquemos, lo descubramos, lo reconozcamos y humildemente lo adoremos como verdadero Rey y Señor.
Los pastores y los Magos nos dan la pauta de cómo buscar al Señor. Ambos miraban al cielo. Los pastores descubrieron unos ángeles que les anunciaban que había nacido el Salvador del mundo y con esa señal fueron a encontrar al Niño recostado en un pesebre.
Los Magos, igualmente, estaban mirando al cielo, y de ahí recibieron una señal, de que el Hijo de Dios había puesto su morada entre nosotros.

No podemos descubrir a Dios si nuestra mirada está fija sólo en las cosas de la Tierra. No lo contemplaremos si estamos mirando sólo nuestra vanidad, fijándonos en nuestras preocupaciones, inmersos en nuestros remordimientos, frustraciones o tristezas, sin levantar la mirada al Cielo.

Si permanecemos mirando sólo las cosas de este mundo, difícilmente descubriremos a Dios.

Miremos al Cielo, en donde está Dios y de donde proviene, y hacia donde nos quiere llevar, la participación de su gloria.

No endiosemos las cosas de este mundo, ni el dinero, ni el trabajo, ni las relaciones, ni las influencias. Esto nos separa de Dios.

El único que merece la adoración del hombre es Dios. Los Magos tuvieron la gracia de descubrir en ese Niño toda la presencia de la divinidad.
Dios se manifestó en Jesús, pero se sigue manifestando, no en cosas espectaculares, sino en la humildad y en la pobreza de los más sencillos. A Dios no lo vamos a encontrar en cosas raras, extrañas o extravagantes, sino en la sencillez de nuestros hermanos. Ahí lo encontramos en carne y hueso, vivo y presente.

El Señor se hace alcanzable en la persona de los más humildes y sencillos.

La estrella sigue brillando. Esa estrella es su Evangelio, que nos sigue manifestando a Dios hecho hombre. El Evangelio tiene que brillar para nosotros en su lectura diaria, atenta, orante.
Si tomamos el Evangelio, será para nosotros una estrella que brille y que nos facilita el camino y el encuentro con el Señor en esta vida.
El don más preciado que le podemos ofrecer a Dios es nuestro ser, aun sumamente pecador y despreciable, pero con la humildad de reconocerlo como nuestro Señor y Salvador.
Él se encargará de renovarnos. No esperemos brillar con el oro de la perfección, porque no lo vamos a lograr.
Ofrezcámonos así como somos, como vamos en este momento de nuestra existencia, pero hagámoslo con humildad, reconociendo que Él es Dios, y Él lo puede todo, haciendo todo a mi favor, para salvarnos.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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