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ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Cuando escuchamos que, para estar en sintonía con México, la diócesis de Guadalajara debe sujetarse a tales programas o proyectos nacionales, no dejamos de sentir cierta repulsa por lo que esa sintonía ha significado en el pasado para nuestra diócesis. Para estar en sintonía con México, el arzobispo Pedro Espinoza suspendió la venta de bienes de “manos muertas”, pues así lo exigía el episcopado mexicano, dos años después, la diócesis perdió todo a causa de la nacionalización de los bienes eclesiásticos.
En busca de esa sintonía, la diócesis se entregó por completo al nacionalismo religioso y centralista impulsado por Porfirio Díaz y el episcopado, sin siquiera ponerse a analizar los efectos negativos que ese proyecto traería consigo para el país y para la propia Iglesia, generándose una crisis de identidad diocesana de la que todavía no salimos, a cambio de una identidad nacional que ni siquiera es la meta que el Evangelio persigue.
De nuevo en aras de la sintonía con México, el arzobispo Francisco Orozco y Jiménez debió suspender los cultos religiosos en contra de su voluntad, y a pesar de haber expresamente expuesto ante los obispos las graves consecuencias que tal medida podría traer. Los cultos se suspendieron y así surgió la Guerra Cristera, que tanto sufrimiento produjo para todos, así como la relajación de la vida cristiana, efecto inmediato de esa suspensión.

Por esa misma desastrosa sintonía, el gran líder católico, Anacleto González Flores, tuvo que aceptar la presión de la “Liga Nacional defensora de la libertad religiosa” para que su obra maestra, la

“Unión Popular”, organización de resistencia pacífica y democrática, se uniera al levantamiento armado que promovía México; tres meses después, Anacleto fue asesinado por el gobierno en el cuartel Colorado, sin que la Liga cumpliera jamás lo que había ofrecido, pero es que había que estar en sintonía con México.
Por si fuera poco, y otra vez para estar en tal sintonía, a la hora de los famosos arreglos de 1929, los obispos negociadores aceptaron la condición que el presidente Portes Gil les puso: entregar en manos del gobierno al propio arzobispo Orozco y Jiménez, quién en un acto heroico de obediencia, acató el acuerdo, siendo de inmediato expulsado del país, ¡justo el obispo que se había opuesto a la suspensión de los cultos!

El desconocimiento del pasado nos lleva siempre a cometer los mismos errores, y así, importantes experiencias se pierden y dejan de ser útiles a la hora de decidir si vamos o no vamos a estar en sintonía con México, por qué razones no, o con qué condiciones sí, pues los seres humanos seguimos siendo los mismos y nada garantiza que no volvamos a incurrir en propuestas equívocas, poco analizadas, y de consecuencias no deseadas, como ya ha ocurrido en otros tiempos.
La sintonía no debe ser por tanto una actitud acrítica, ciega, y superficial, pues la consecuencia de ese tipo de acciones tiene siempre un alto costo para la Iglesia.


armando.gon@univa.mx

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