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Alfredo Arnold

Destapes, precampañas, intercampañas y campañas… Las etapas electorales son cada vez más largas y complicadas. La creación del Instituto Electoral dio certeza sobre la elección, pero creó una burocracia impresionante.
Ya estamos, afortunadamente, en la última etapa; etapa que, por cierto, no canta mal las rancheras en temas como la burocracia, costo y guerra sucia. Antes, en los buenos tiempos del PRI, una vez que destapaban a su candidato presidencial, éste realizaba una larga gira por las principales ciudades del país, le organizaban mítines, pronunciaba frases bonitas y eso era todo. No había necesidad de hacer más parafernalia.
Las cosas han cambiado: las campañas de hoy privilegian tres elementos clave, que son las encuestas, los debates y las promesas. En paralelo, se desarrolla una febril actividad en los medios informativos tradicionales, las redes sociales se desbordan sin control y la guerra sucia alcanza niveles deplorables.

LAS ENCUESTAS.- Más que un indicador objetivo de cómo van las campañas, las encuestas se han convertido en distractor y, peor aún, en un elemento que influye en el ánimo de los electores, ya que “venden” la idea de ser un retrato de cómo se mueve el dominio de un candidato sobre otro, como si se tratara de un marcador deportivo: 1-0, 2-0, 2-1, 30-21, 62-28, etcétera, lo cual es erróneo. Lo que miden las encuestas es percepción, intención y no hechos. También es cuestionable la muestra, muy pequeña en relación con el universo y sin la certeza de que acudirán a las urnas aquellos que fueron encuestados; además, no se puede ignorar el sesgo que los encuestadores le impriman, según sus intereses. Las encuestas tienen un gran valor estadístico, siempre y cuando se realicen con el rigor matemático y el tiempo necesario, como las que hace el INEGI. En cambio, las de índole electoral parecen ser sólo sondeos de opinión y no necesariamente encuestas. Pero, debido a la gran difusión que tienen, el público termina por creérselas.

LOS DEBATES.- Desde hace más de sesenta años (Nixon contra Kennedy), los debates entre candidatos presidenciales han acaparado el interés de los electores y en más de una ocasión fueron el punto culminante y definitorio de una contienda. Se dice que Vicente Fox ganó la Presidencia en el encuentro cara a cara que tuvo con Francisco Labastida. Lamentablemente, este ejercicio se ha deteriorado en México al paso de los años, ya que, además de estar sobre reglamentado por el INE, los candidatos actúan sin espontaneidad, no improvisan, de hecho, ni siquiera debaten; cada quien lleva su partitura y no se aparta de ella. No obstante, no se le puede regatear importancia a los debates televisados, ya que en determinadas situaciones la imagen puede resultar más potente que las ideas.
LAS PROMESAS.- Cuando los candidatos están frente a sus simpatizantes, les hacen más promesas que un novio a su futura esposa.
Generalmente, se trata de ideas vagas, inviables, sin explicar con qué recursos humanos y físicos las llevarían a cabo en caso de ganar. No es lo mismo presentar un programa básico, sencillo de explicar y entender, que presentar una lista interminable de promesas inconsistentes, huecas, mentirosas.
Encuestas, debates y promesas, tres elementos fundamentales en las campañas modernas, aunque no siempre dependen directamente de los candidatos, sino de sus nutridos equipos de asesores.

El público se divierte con la lucha electoral, a veces se acalora, aunque para un gran porcentaje de la población las campañas no son su principal tema de interés ni la mayor de sus inquietudes.
Faltan escasas siete semanas para las elecciones. Ya veremos si los equipos contendientes sorprenden con algo novedoso, algo que estimule el deseo de votar, o si nos vamos hasta el 2 de junio con este modelo de campañas, muy alejadas de la realidad y de lo que quieren saber los electores.

*El autor es LAE, diplomado en Filosofía y periodista de vasta experiencia. Es académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

@arquimedios_gdl

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