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ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Pocas veces advertimos la enorme dinámica que encierra la Buena Nueva de Cristo y cuya fuerza transformadora se refleja en cada texto del Nuevo Testamento. Su antecedente viene de la revelación veterotestamentaria, y es justamente en esa dimensión dinámica donde ambos testamentos confluyen y se proyectan, pareciera que Dios mismo es movimiento, desde el acto creador hasta la Redención y la futura parusía, entre uno y otro momento, más que realidades estáticas de tipo aristotélico o platónico, lo que descubrimos es esa fuerza dinámica, impregnada desde luego en el hecho mismo de la constante evolución de todo, enfrentada y confrontada con otra fuerza que busca frenar, detener, impedir, obstaculizar, encerrar la explosión de la vida como un continuo y retenerla en un determinado espacio.
Diversos sinónimos podrían darse a esta revelación, pero uno de ellos sería “movimiento”, es como si por encima de todas las leyes y mandamientos reinase uno primigenio y original: “muévete”, porque el movimiento es señal de vida que promueve la vida, mientras que el sedentarismo es signo de decadencia y de muerte. Dios, en efecto, ha puesto al universo en movimiento de la misma forma en que ha hecho de sus elegidos líderes que deben levantarse, caminar, lanzarse a veces hacia lugares ignorados, es como si el líder se fraguara siempre en el movimiento y en la exploración de lo ajeno, lo extraño, lo lejano, lo riesgoso, lo desconocido.
Adán mismo ha sido el primer explorador de un universo absolutamente nuevo, dentro y fuera del Paraíso, y a partir de él, todos los grandes personajes de la Biblia, de Abraham a Moisés, de Moisés a Jesús, y de Jesús a la Iglesia, que al prolongar su presencia la traiciona si se vuelve estática, inamovible, paralítica.

La revelación de Dios ha sacado a María de la expectativa cómoda de un matrimonio ordinario, a José de un proyecto conocido, a ambos de su tierra, como hizo salir a los magos del oriente en que vivían hacia un occidente lleno para ellos de misterio, pero también de esperanza, la esperanza que da el moverse hacia un punto que la luz de una estrella señala. Y no obstante el camino largo, penoso, lleno de trampas y peligros, cuando se llega no es para quedarse ahí en una contemplación eterna, sino para de nuevo caminar llevados ahora de una nueva misión.
Esta dinámica de Dios hará que la Iglesia llegue, no sólo a los confines simbólicos del mundo antiguo, sino hasta los confines reales del mundo geográfico, y hoy día tenga el gran reto de moverse nuevamente desde esos confines de un mundo mesurable hacia los nuevos confines de una cultura global, en esta vocación todas las metas son siempre relativas, pues cuando se llega se descubre que dichas metas eran solamente señales para alcanzar nuevos objetivos. Abrirnos a esta dimensión de la fe cristiana supone un profundo y constante cambio de nuestras estructuras mentales tan proclives al estancamiento.

armando.gon@univa.mx

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