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Espiritualidad Ignaciana para tiempos convulsos

Sergio Padilla Moreno

En una especie de necesaria y humilde autocrítica, debo decir que muchas veces los creyentes en Jesucristo no nos diferenciamos mucho de quienes admiran a algún artista o deportista destacado, pues sabiendo que nunca nos vamos a parecer a ellas o ellos nos quedamos simplemente en la admiración y de ahí no pasa. Algunos pocos tratarán de ponerlos como ejemplo y, quizá, de tratar de incorporar las acciones y actitudes que tales personas hacen e hicieron para llegar hasta donde están. No faltará quien quiera imitarles así sin más, pero con el riesgo de la frustración que nos podamos llevar al momento de ver que nos quedamos muy lejos y fácilmente dejamos de perseverar.

Retomando la autocrítica, que fundamento en la parábola del sembrador (Marcos 4:13-20), creo que muchos creyentes nos quedamos en la simple admiración de Jesús, pero sin hacer un verdadero camino de seguimiento que nos permita ir incorporando, introyectando y viviendo en serio los valores del Evangelio desde nuestras propias y particulares circunstancias. Y es que ¿cómo explicar que México, siendo mayoritariamente católico y donde hay otras denominaciones cristianas, sea un país tan desigual, tan violento, tan contaminado, con un tejido social tan roto, etc.? ¿De verdad se nota en nuestras casa, empresas, escuelas, calles y plazas que somos seguidores del Evangelio de Jesús de Nazaret? Somos un país con muchos signos cristianos a la vista, pero parece que el corazón está en otro lado (Cfr. Mateo 15,8).

Ahora bien, el Evangelio es tan rico e inagotable, que necesitamos hacernos como Pedro, Santiago, Juan, María Magdalena, etcétera, es decir, asumirnos como discípulos e iniciar el proceso de seguir a Jesús. Una de las maneras de hacerlo puede ser a partir de las diversas espiritualidades que nos sintonizan en el caminar de hombres y mujeres que, desde sus circunstancias, ahondaron en el seguimiento de Jesús. Ahí está la espiritualidad Carmelita (Teresa de Ávila y Juan de la Cruz), la Franciscana (Francisco de Asís), la de la Cruz (Conchita Cabrera y Félix Rougier) y la Ignaciana (Ignacio de Loyola).

Hoy 31 de julio, día en que la Iglesia celebra la memoria de San Ignacio de Loyola, es el cierre del Año Ignaciano que recordó la herida sufrida por el futuro fundador de la Compañía de Jesús y que significó, en este hombre de origen vasco, el inicio de un proceso humano y espiritual que forjó la llamada espiritualidad Ignaciana y que tiene su fundamento en los Ejercicios Espirituales.

Es así, que en estos momentos convulsos que vive el mundo y, por ende, la Iglesia, la espiritualidad ignaciana puede ser, dada su riqueza, un camino propicio para ahondar en nuestro seguimiento discipular de Jesús de Nazaret. Afortunadamente los medios para iniciarse y caminar en esta espiritualidad son muchos y están al alcance de todas y todos. Un buen libro para comenzar es “Más en las obras que en las palabras. Una guía ignaciana para (casi) todo” de James Martin SJ, o también sugiero consultar la página de los jesuitas en México: https://jesuitasmexico.org/

El autor es académico del ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara – padilla@iteso.mx

San Ignacio de Loyola y una espiritualidad para el siglo XXI _ José María Rodríguez Olaizola

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