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PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ

No hay ninguna duda que la comunión sinodal hunde sus raíces más profundas en el designio creador de Dios, que nos ha creado a todos los seres humanos como seres sociales, llamados a colaborar entre nosotros y a edificar una sola humanidad en la comunión del amor. Nos ha creado a su imagen y semejanza trinitaria, varón y mujer para formar una sola carne, figura de la familia universal (cf Gn 1,26-28) y nos ha creado libremente para que podamos ser sus interlocutores; nos ha creado con una estructura dialogal. Ha llamado a cada persona dentro de un pueblo y, como miembro de este, para hacerlo partícipe de la alianza y de la salvación. De la bendición de elección y de la alianza participa cada israelita como miembro del pueblo de Dios y nunca al margen del pueblo. Dios ha elegido a Israel como mediación de su interloción con el hombre, por ello Yahvé le ordena, como primer madamiento deuteronómico, que sepa escuchar: «shema Israel» “escucha, Israel” (Dt 6,4) para que no se desvíe por los senderos de la autosuficiencia y la autorreferencialidad. Israel, el pueblo elegido y pueblo sacerdotal, en el concurso de todos los pueblos de la tierra, será mediación de la salvación prometida por Dios para todo el mundo.
En Jesús, la comunión entre Dios y el hombre y de los hombres entre sí llega a su cénit, pues Jesús es Dios y hombre verdadero y, por su sangre derramada en la cruz, ha roto el muro de separación entre judíos y gentiles, formando así un solo pueblo, el Nuevo Pueblo

de la Alianza (cf Ef 2,14). De su corazón abierto ha brotado la Iglesia, comunidad de amor y signo de comunión; por ello, la Iglesia es misterio de comunión y participación, y la sinodalidad es expresión de este misterio.

Por el bautismo todos somos parte y todos tenemos parte en la configuración del Pueblo de Dios como miembros del Cuerpo de Cristo, piedras vivas del Templo construido por el Espíritu. La sinodalidad es, por tanto, el reconocimiento creyente de que Dios ha constituido a todos en la Iglesia como «linaje escogido, sacerdocio regio, gente santa, pueblo adquirido para pregonar las excelencias del que los llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1Pe2, 9), por eso, todos en la Iglesia participamos en la edificación del único Cuerpo de Cristo, con nuestros particulares carismas y en el ejercicio de diversos ministerios, sin excluir a nadie (cf 1Cor 12,13).
El libro de los Hechos de los Apóstoles narra una experiencia de comunión y sinodalidad que, siendo dato revelado, es el paradigma de participación de todos los creyentes. En el primer concilio de Jerusalén, en el que «decidieron los apóstoles y los ancianos, junto con toda la comunidad» (Hech 15,22), se resaltan los distintos círculos de participación y de toma de decisión como fruto de discernimiento comunitario al servicio de la misión encomendada por el Resucitado.

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