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Sergio Padilla Moreno

Hace unas semanas, los aficionados al futbol disfrutaron –o padecieron– el bicampeonato del América al vencer al Cruz Azul. A pesar del paso de los días, se sigue hablando si el tiro penal, que a la postre le dio la victoria a los azulcremas, estuvo bien o mal marcado. Seguramente se seguirá hablando de ello por mucho tiempo más, tal como fue con el polémico penal que marcó un árbitro mexicano en la final del Mundial de Futbol Italia en 1990, por el que el equipo de Alemania venció por el mínimo marcador a la Argentina de Maradona.
Más allá de las apasionadas discusiones futboleras que, por lo demás, no pasan –y no deberían pasardel terreno de lo lúdico, es claro que los horizontes desde el que se toma postura refleja que nuestras interpretaciones de la realidad están muy filtradas por nuestras emociones, más que por la objetividad de lo que, se supone, implica el razonamiento. Los enojos y la carrilla están por encima del diálogo y del valor de un deporte de competencia donde hay, inevitablemente, ganadores y perdedores. Otro tanto se podría decir respecto al árbitro, quien se convierte en impoluto impartidor de justicia o en el más terrible de los rateros, según sea la perspectiva.

Extrapolando lo anterior, hace unas semanas fuimos testigos de unas elecciones complejas y donde hubo ganadores y perdedores, tal como pasa en cualquier democracia…, y en el futbol. Pasan los días y seguramente pasarán los próximos meses, pero los ánimos políticos en este país seguirán caldeados, lo que amenaza con impedir el “diálogo y la construcción de puentes para trabajar por la paz y la justicia”, tal como lo expresaron en su carta los responsables del Diálogo Nacional por la Paz a la Presidenta electa de la República Mexicana, el pasado 3 de junio.
Sin embargo, si la discusión está llena de actitudes frívolas o poco objetivas, si se mantienen las burlas, carrilla y faltas de respeto hacia quienes resultaron perdedores en la contienda, y si tanto ganadores como perdedores no hacen un verdadero ejercicio de autocrítica para discernir el mensaje que está detrás de los resultados electorales, vamos a seguir siendo un país polarizado y roto. Urge entonces el diálogo sereno, escucharnos y así tender puentes.

Es así que vale la pena leer el magnífico libro Amarás: Hacia una hermandad transversal, de la Dra. Mardía Herrero, en el que “busca una respuesta entusiasmada a los desafíos, personales y colectivos, de nuestro tiempo.” En el capítulo 9 se plantea “cómo convertirnos en tejedores de puentes” y en el epílogo analiza el encuentro entre san Francisco de Asís y el sultán Malik Al-Kamil en tierras de Egipto. Como dice Mardía: “Francisco llegó hasta las fronteras del imaginario del mundo en el que le tocó vivir. Nuestros desafíos son distintos.

Pero, ¿podemos sintetizar, limpiando el encuentro de Francisco con el sultán de todo elemento circunstancial y hacer que ese momento sea también nuestro?”.
Ojalá que cada una y uno de nosotros tejamos los puentes que se necesitan en este país.


padilla@iteso.mx
¡AMARÁS!
Mardía Herrero
https://www.youtube.com/watch?v=ZUiTM9T-wUQ

@arquimedios_gdl

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