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Todas juntas somos más que un ejército. Somos mujeres, somos guerreras, todas con madera de santas, aunque sólo una multitud haya sido reconocida como tales.
En expresión de san Juan Pablo II, las “santas mujeres” contribuyen con su excepcional “genio femenino” a la construcción de una nueva humanidad, de la que tanta necesidad tenemos.

Nuestro aporte es imprescindible para que germine la vida, para que madure, para que se realice.

DE TODOS TAMAÑOS Y COLORES
Esclavas africanas, mártires, víctimas de la barbarie nazi en los campos de concentración, esposas y madres de familia y, naturalmente, hermanas y monjas, fundadoras de órdenes y congregaciones religiosas y misioneras de todo tiempo, país y continente, y también las místicas, grandes no sólo por haber privilegiado la interioridad y la experiencia de sí, sino también por el pensamiento filosófico que han elaborado y las llamadas “mujeres peregrinas”, que a su propio riesgo emprendieron largas y fatigosas peregrinaciones para llegar a los lugares santos.
Entre todas ellas destacan santa Brígida de Suecia, santa Catalina de Siena, santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), “eminente hija de Israel e hija fiel de la Iglesia”, todas ellas mujeres europeas.
Santas dedicadas cien por ciento a la práctica de la caridad, dejan en cada acción la huella de la bondad de Dios.
Sobresalientes también son santa Josefina Bakhita, Gianna Beretta Molla, santa Teresa de Calcuta y Mamá Antula, recientemente canonizada, excepcional mujer argentina. Desfilan por este camino al Cielo santa María Guadalupe García Zavala y santa María de Jesús Sacramentado Venegas, religiosas mexicanas. A todas ellas, agradecemos su ser mujer…
Gracias por ser mujer-madre, pues nos convertimos en seno del ser humano con la alegría y los dolores del parto, así cooperamos con Dios en esta maravilla de la co-creación.
Gracias por ser mujer-hija y mujer-hermana, que aportamos al núcleo familiar las riquezas de nuestra sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.
Gracias por ser mujer-trabajadora, que participamos en cada ámbito de la vida humana con su indispensable aportación, edificando así una rica humanidad.
Gracias por ser mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, nos abrimos con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta “esponsal”, que expresa maravillosamente la comunión que Él quiere establecer con su creatura.
Gracias por el simple hecho de ser mujeres, por nuestra femineidad que enriquece la comprensión del mundo y contribuye a la plena verdad de las relaciones humanas.

¿Qué podemos aprender de tantas santas mujeres?

  • 1. Su maravillosa capacidad de asombro ante todo lo bello, bueno y noble de la vida.
  • 2. Su resiliencia, fortaleza, para soportar lo adverso y seguir adelante y luchando hasta el final.
  • 3. Su apertura a los dones de Dios y la delicada custodia de los valores sagrados.

@arquimedios_gdl

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