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PBRO. LIC. MANUEL ALEJANDRO GARCÍA

La figura y el pensamiento de Blas Pascal, nacido hace cuatro siglos, el 19 de junio de 1623, en Clermont, en la zona central de Francia, fue ocasión para que el Papa Francisco publicara el mes de junio pasado una carta apostólica titulada Sublimitas et miseria hominis (Grandeza y miseria del hombre). Matemático, físico, emprendedor, destacado escritor y apasionado por la reflexión filosófica y teológica, Pascal en su corta vida de 39 años, hizo notables aportaciones de las que podemos mencionar, entre otras, su estudio sobre el equilibrio de los líquidos, que sentaron las bases para la construcción de la prensa y el gato hidráulico; diseñó la primera máquina aritmética o calculadora (la pascalina) pensando en facilitar el trabajo de su padre, dedicado a la administración; y colaboró en la creación del primer sistema de servicio de transporte público.
Pero, sobre todo, Pascal fue un cristiano de corazón inquieto, un infatigable buscador de la verdad. Su aguda inteligencia y su apasionada dedicación a la ciencia no fueron obstáculo para tener una fe profunda que se fue consolidando a la largo de su vida a través del estudio y de la oración. Su obra más conocida, Pensamientos, es una recopilación de meditaciones escritas por él en distintos folios de papel que fueron organizados y publicados después de su muerte. Aquí se encuentran valiosas reflexiones sobre la vida del hombre y el misterio de Dios, a través de las cuales, Pascal sigue suscitando interés e incitando el diálogo con nuestros contemporáneos.
El siglo XVII que envolvió la vida de Pascal, estuvo marcado por el desarrollo de las ciencias experimentales y por un creciente racionalismo. Frente a la orgullosa exaltación de la razón Pascal pone de relieve sus límites. El hombre no puede con su sola razón comprenderse, pues su existencia está llena de paradojas y contrastes:

«¿Qué será de ti, pues, hombre que buscas tu verdadera condición, según tu razón natural? […] Conoce, pues, soberbia, que paradoja eres contigo misma; humíllate razón impotente, cállate naturaleza imbécil.
Aprende que el hombre sobrepasa infinitamente al hombre, y oye de tu Maestro lo que ignoras. Escucha a Dios».

«Escucha a Dios». Como hombre de ciencia, Pascal reconoce la fuerza de nuestra razón para esclarecer muchas interrogantes que surgen en el mundo físico. Sin embargo, hay otro género de preguntas que escapan al método matemático demostrativo: ¿Qué debo hacer para que mi vida sea fecunda? ¿Cómo puedo superar lo absurdo, aburrido y sin sentido en que a veces se torna la existencia? ¿Puedo tener acceso a la verdad? ¿Cómo entender el profundo anhelo de grandeza y perfección que hay en mí, junto a la constatación de mis debilidades y miserias?
El planteamiento de estas preguntas y la seriedad de su respuesta son inevitables.
Puedo disimular que no me interpelan, me puedo esconder de ellas sumergiendo mi rostro en el mar de la dispersión y del quehacer vigoroso; pero pronto me doy cuenta que ahí, cubierto por esas aguas, no se puede contener por mucho tiempo la respiración y, entonces, salgo de nuevo para encontrarme con ellas. Me interpelan. Es justamente aquí donde Pascal nos invita: «Escucha a Dios».
Pascal acentúa: «La suprema adquisición de la razón consiste en reconocer que hay infinidad de cosas que la sobrepasan. Cuando no conoce esto, la razón es débil».

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