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LAURA CASTRO GOLARTE

La participación de España en sucesivas guerras fue el detonante de las reformas borbónicas que, cuando llegó fray Antonio Alcalde a Guadalajara como el vigésimo segundo obispo de la Diócesis tapatía, estaban en plena ejecución.

No se aplicaron del todo por las resistencias y por las dificultades para hacer llegar, en un imperio tan extenso, todas las disposiciones, pero lo principal sí lo logró la corona española: el saqueo inconmensurable de sus posesiones americanas. Cuando las independencias, prácticamente todas las nuevas naciones estaban en bancarrota.

Fray Antonio Alcalde fue un administrador extraordinario. Desde que llegó se percató de que había severos problemas económicos en Guadalajara y sus alrededores. Gente sin trabajo, con hambre y vulnerable ante las epidemias.

En mayo de 1772 el Obispo solicitó a la Real Audiencia un estudio sobre las fábricas que se podrían instalar en Guadalajara con el propósito de aliviar en parte la “penosa situación” de los pobladores. Y en tal estudio se investigaron precios y disposiciones de materiales para la apertura, sobre todo, de talleres o fábricas textiles, porque se preguntaba sobre algodón y lana específicamente. Lo que el doctor Carlos Ramírez Esparza (QEPD), biógrafo del fraile de la calavera, denominó industrias alcaldeanas.

Si en 1771 la situación era “penosa” y desde el primer momento el fraile dominico se ocupó de tal asunto ¿cómo estaría Guadalajara pocos años después con finanzas precarias por las reformas borbónicas, hambre y peste? El panorama era desolador, todo un desafío para el Obispo que, sin embargo, no se amilanó y empeñó tiempo y dinero para atender a las personas más afectadas.

La Diócesis de Guadalajara ameritaba acciones inmediatas y bien planificadas para resolver, no para paliar, los sufrimientos de los feligreses que no eran pocos ni menores, con el agregado de que la diócesis era enorme. Desde hacía años se había iniciado un procedimiento para su división aunque sin éxito. Esto se consumó con fray Antonio Alcalde, quien no quitó el dedo del renglón hasta lograrlo. Cuando él llegó, la diócesis comprendía un territorio de un millón 719 mil 516 kilómetros cuadrados, poco menos que la extensión actual de la República mexicana; casi la mitad del territorio que abarcaba la Nueva España en el siglo XVIII y tres veces y media la extensión de España.

Para ilustrarlo de una mejor manera, agrego aquí tres descripciones, una del siglo XVIII y otras dos, del XIX.

Matías de la Mota Padilla (1742)

La división (del obispado de Guadalajara) comenzó por la costa del Mar del Sur, más acá de Chametla, cogiendo por lindero el río que llaman de Cañas, que entra en el mar entre el viento sur-poniente, y comprende toda la sierra Topia, llanos de Guadiana, y se arrima á la sierra del Nayarit; y corriendo la línea entre el viento oriente y norte, quedó por de Vizcaya, Sombrerete, Nieves, Villa de Nombre de Dios, Parras. Y después sigue, línea al norte cae al oriente, como son el Reino de la Extremadura, que es la provincia de Coahuila, Nuevo Reino de León y la Provincia de Texas, hasta terminar con el gentilismo del norte.

Luis Pérez Verdía (1892)

Comprendía esta Diócesis el territorio ocupado hoy por los estados de Jalisco, Colima, Zacatecas, Aguascalientes, S. Luis Potosí, Nuevo León y Coahuila, por el territorio de Tepic, y por estados de Tejas, y parte del de Luisiana de la vecina república; se componía de 210 curatos, su catedral contaba con veintisiete canongías y tenía cuantiosas rentas, importando la cuarta episcopal la suma de $70,000 anuales.

Alberto Santoscoy (1893)

[…] ¡Y cuán extensa, en efecto, era en aquel entonces! la Nueva Galicia y las provincias de Ávalos, con excepción de La Barca, Atotonilco, Ocotlán, Cajititlán, Ayo, Zapotlán e Ixtlahuacán que pertenecieron al Obispado de Michoacán hasta fines del siglo pasado (XVIII, concretamente, en 1789); la Nueva Toledo ó Nayarit, la Nueva Extremadura ó Coahuila hasta el presidio de Nuestra Señora del Pilar de los Adaes, las Nuevas Filipinas ó Tejas, hasta sus términos con la Luisiana, gran parte del Nuevo Reino de León, las Californias, Zacatecas, parte de Aguascalientes, San Luis Potosí y aún algo de Sinaloa y Guanajuato. Por todo, como ciento cuarenta curatos y una extensión incalculable de terreno, habitado en muchas leguas por indígenas que no hablaban el castellano y que sólo se entendían en sus propios dialectos.

La situación de Guadalajara era compleja y vendrían años peores, no obstante, las acciones que tomó Alcalde durante su obispado, llevarían a la ciudad a otros niveles de desarrollo, tanto, que lograría ubicarse como la segunda ciudad en importancia en el México independiente. Lo sabemos: santuario, viviendas, hospital, universidad, industrias alcaldeanas, comedores y escuelas para niñas, más las opiniones favorables pasa la erección del Real Consulado de Guadalajara y, muchos dicen, la instalación de la imprenta.

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