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Víctor Ulín

Todas las palabras parecen quedar vacías, huecas, para poder calificar, describir o definir lo que estamos viviendo en medio de esta espiral de violencia que no tiene límites, que ya se desbordó. De norte a sur, México sangra. Lo mismo asesinan adultos que niños.
La reciente semana lo vivimos con mayor crudeza. En lugares distintos, pero con dos pequeños como víctimas.
En Taxco, Guerrero, Camila de 8 años, y en Ameca, Jalisco, Ángel Gabriel, de 10.
A ambos los mataron con saña. A sangre fría. A la pequeña Camila la estrangularon sus captores y a Ángel Gabriel lo apuñalaron sin miramientos unos desconocidos que también agredieron a su padre.
Hoy, los asesinos de Camila están detenidos. La mujer que habría fraguado su secuestro murió linchada por los habitantes de Taxco. No era ni es lo deseable. No podemos dejar que el diente por diente sea la ley que termine imponiéndose. La furia de la gente rebasó la incapacidad de los cuerpos de seguridad que
reaccionaron tarde y muy mal.
El asesinato de Camila no quedará impune. Es lo que se necesita para restablecer el Estado de derecho en un país donde la violencia campea incontenible, sin ninguna oposición.
Acá, en Guadalajara, Ángel Gabriel ya fue sepultado y de sus agresores no se sabe nada. No hay detenidos. En unos días más, si se lo permitimos con nuestro silencio cómplice, su caso quedará archivado como de tantos que todavía esperan justicia.

El asesinato de Ángel no tuvo eco nacional como el de Camila. Pero es tan brutal que no puede tampoco perderse en la indiferencia de los medios y menos de las autoridades.

La exigencia para que su caso no acabe en un expediente más no debe cesar. No es algo que sólo atañe a sus padres que ahora lo lloran. Nos incumbe a todos. A usted que no dudaría en ofrecer su vida para defender la de su hijo o hija, o la que, como las madres buscadoras, dan para dar con sus hijos en el fin del mundo, si es necesario, para que regresen a sus hogares.
La justicia para castigar a los asesinos de Camila es la misma que debe procurarse para Ángel Gabriel, que muy probablemente cuando lo agredieron, asustado e impotente, sorprendido, debió pensar qué había hecho a sus agresores que sin mediar palabra lo apuñaron.
Camila y Ángel eran dos niños. Sin la maldad que ahora corre el cuerpo gangrenoso de nuestra sociedad. Que avanza incontenible, pudriendo el resto.

A quien estranguló a Camila o el que apuñaló a Ángel Gabriel cómo podemos llamarlo. La palabra ser humano ya no es suficiente. Ni tampoco su antítesis de inhumano. Alguien que estrangula o apuñala a un niño es nadie. Nada. No siente. No tiene ya consciencia ni nada que lo equipare al resto de nosotros.
La muerte de Camila y Ángel Gabriel es también nuestra. Vamos perdiendo la batalla contra la violencia y debemos asustarnos, preocuparnos, que lo único que nos quede sea la furia.

@arquimedios_gdl

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