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Hugo Gaucín

El Matrimonio, institución sagrada para la realización humana según el designio de Dios

Entre las verdades de fe más importantes que nos revela la Sagrada Escritura se encuentra la creación del ser humano por parte de Dios: «Y dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra”, […] Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó» (Gn 1, 26-27). Esta verdad deja manifiesto el lugar especial, dignísimo, del ser humano en medio de toda la creación.

El amor de Dios por el ser humano le pone en relación con Él en plena consciencia y libertad, así, el ser humano no es algo, sino alguien. Su ser persona se construye en relación con Dios, su principal «Otro», y los demás seres humanos.

NO ES BUENO QUE EL HOMBRE ESTÉ SOLO

En el Génesis encontramos dos textos que hablarán de la creación del ser humano, dos tradiciones bíblicas guardan el misterio del ser de la persona humana, uno fundamenta su dignidad altísima (acabamos de citar Cf. Gn 1, 26), y el otro explica la forma concreta de cómo se construirá su ser en la intimidad individual, en el núcleo familiar y la comunidad social:

 «Dijo Dios: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”. […] De la costilla que Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre» (Gn 2, 18.22).

La manifestación de Dios en el ser humano, «imagen y semejanza» de su Creador, se revela con mayor claridad en la complementariedad del hombre y la mujer. La Sagrada Escritura enseña como el ser humano, en esta unidad, participa de la perfección de su Creador.

«En el principio creó Dios» (Gn 1,1) En la natural unidad entre el hombre y la mujer se encuentra su participación con Dios Creador mediante la procreación, no es sólo la generación de una especie, en cada un ser humano se encuentra una identidad única e irrepetible «Hombre y mujer los creó.

Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: “Sed fecundos y multiplicaos”» (Gn 1, 27-28)

«Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer […] De Edén salía un río que regaba el jardín, y desde allí se repartía en cuatro brazos» (Gn 2,9-10)

El ser humano también está llamado a la participación de Dios Providente, es puesto en el mundo y su ser aporta a la realidad creada al tiempo que de ella aprovecha para él y los suyos: «Tomó, pues, Dios al hombre y le dejó en al jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase» (2,15).

«Jerusalén, ¿acaso puede una madre olvidar o dejar de amar a su hijo? Y aunque ella lo olvidara, yo no me olvidaré de ti» (Is 49,15) «Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.” Y él les repartió la hacienda» (Lc 15, 11-12) La maternidad y paternidad, expresión de amor incondicional sin límites, es la participación del hombre y la mujer del amor infinito de Dios. Paternidad y maternidad manifiestan la profunda relación que Dios tiene para con el ser humano, es distinta a la admiración que un artista puede sentir por su obra, se trata de una creación que nace del amor, se teje en las entrañas, da ser e identidad y quiere lo mejor para su creatura, para sus hijos.

LO MÁS HUMANO DEL HOMBRE TIENE SU ORIGEN EN DIOS

En la paternidad y maternidad, el ser humano se une al Ser y sentir de Dios: en la alegría desbordante por la realización feliz de los hijos y el dolor inmenso del padre y la madre que los ve destruirse a sí mismos, lastimarse entre hermanos o antinaturalmente morir, cargados de impotencia ante una voluntad y libertad distinta a la propia y un mundo hostil que amenaza constantemente con arrebatárselos. Aquellos que son padres de familia pueden entender con mayor claridad el amor afecto de Dios, “expuesto de la carne”, extasiado y sufriente. La oración del ser humano en unidad, padre y madre, le une a Dios para acompañase, llorar lo mismo que “llora” Dios que ama como Padre y Madre. Lo más humano del hombre es en sí lo más divino porque tiene su origen en Dios.

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