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Santos Apóstoles Pedro y Pablo

“Para mí la vida es
Cristo y morir,
una ganancia”
(Flp 1,21).

Con una sola corona compartida, los santos Apóstoles Pedro y Pablo, mártires del siglo I, bañaron con su sangre la Roma cristiana, dejándonos un testimonio de fidelidad y amor a Cristo.

Pedro, el primero entre los Apóstoles, hermano de Andrés, siguió al Señor a orillas del Mar de Galilea; pescador de oficio, hombre primario, intempestivo y líder, reveló que Jesús era el Mesías inspirado por el Padre. Él buscó disuadir a Jesús de emprender su viaje a Jerusalén para padecer, por lo que fue reprendido por su Maestro. En la hora amarga de la Pasión del Señor, su cobardía se hizo patente al negarlo por triple ocasión. Después de la Resurrección, en una de las apariciones, le ratificó su amor a Jesús por triple ocasión y Éste le encomendó el pastoreo de las ovejas. Es considerado así el Vicario de Cristo en la Tierra, el primero de los Papas.

Pablo, original de Tarso, judío muy practicante y ciudadano romano, discípulo del rabino Gamaliel, acérrimo enemigo de la naciente religión cristiana, fue alcanzado por Jesús en su camino a Damasco, precisamente cuando llevaba cartas para perseguir a los seguidores del “Camino”. Jesús le hizo ver su misión de anunciarlo a sus hermanos. Se hizo bautizar, se preparó y se convirtió en el Apóstol de los gentiles, fundando comunidades cristianas con celo infatigable. Realizó cuatro viajes pastorales y escribió varias cartas que se recitan continuamente en la liturgia de la Palabra.

Ambos maduraron en su fe y lideraron el grupo de Apóstoles y primeros misioneros. Llegaron a tener algunos altercados, destacando así el elemento humano, pero buscaron llegar a acuerdos importantes con la asistencia del Espíritu Santo que les permitió evangelizar y dar testimonio de la presencia de Cristo en ellos.

La “Ciudad Eterna” fue testigo del martirio de ambos en la década en los años sesenta. Pedro fue martirizado en una cruz puesta a la inversa; Pablo fue decapitado.

Enseñanzas

  1. Estos dos Apóstoles nos ayudan con su ejemplo a trabajar juntos por una sola causa: dar a conocer a Cristo muerto y resucitado a los hombres de nuestro tiempo.
  2. La humildad, propia de quien se reconoce pequeño ante la grandeza de Dios y la conducción del Espíritu Santo.
  3. Su celo apostólico. Fue su gran amor al Señor Jesús el que los llevó a afrontar todo tipo de peligros, tribulaciones y persecuciones hasta dar el testimonio supremo de su martirio.

“Tú lo sabes todo, tú
sabes que te quiero”
(Jn 21,17).

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