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PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ

La Iglesia, que es sacramento universal de salvación para el mundo, se experimenta concretamente en la Iglesia particular, en la Diócesis, pues la Iglesia se concibe y se experimenta desde lo local, desde lo inmediato. Se realiza esta experiencia porque la Diócesis no es una fracción cuantitativa de la Iglesia universal o una comunidad confederada con otras formando así la Iglesia universal, ni mucho menos una trasnacional que opera desde las oficinas romanas y cuyos delegados son los Obispos.

Dice el Concilio Vaticano II: “La Diócesis es una porción del Pueblo de Dios, que se confía al Obispo para ser apacentada con la cooperación de su presbiterio, de suerte que, adherida a su Pastor y reunida por él, en el Espíritu Santo, por medio del Evangelio y de la Eucaristía, constituye una Iglesia particular, en que se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica” (CD 11). Una Diócesis es la comunión de comunidades eclesiales, donde se realiza plenamente el misterio de la Iglesia de Cristo, donde la Iglesia tiene existencia concreta, donde manifiesta el ser Cuerpo de Cristo, pueblo de Dios.

Una Diócesis está formada por miembros que viven su Bautismo por medio de diversas vocaciones (Presbíteros, Religiosos y seglares) y que están en comunión con su Obispo, cuya autoridad pastoral es propia, ordinaria e inmediata.

El Papa Paulo VI invitaba a todos los miembros de una Iglesia particular a amarla como verdadera madre, sentirse

felices de pertenecer a la propia Diócesis, orgullosos de su propio “campanario” y, en el caso particular de los Presbíteros, de amar y sentirse feliz en la Parroquia donde se presta el ministerio sacerdotal. Decía el Papa: “Aquí, Cristo me ha esperado y me ha amado, aquí lo he encontrado y aquí pertenezco a su Cuerpo Místico. Aquí yo estoy en su unidad”.
Más que dos Iglesias, la universal y la particular, deberíamos hablar más bien de la dimensión universal de la Diócesis y de cómo la Iglesia universal se expresa y manifiesta cualitativamente en ella, en una mutua interioridad, lo que nos hace reflexionar también en las relaciones entre diversas Iglesias particulares. El Cardenal Ratzinger decía que la Iglesia particular es como una célula viva en la que se encuentra todo el misterio vital del único Cuerpo de Cristo; cada una de las Iglesias particulares está unida y abierta a las demás, compartiendo la preocupación por todas, sin perder su propia especificidad. Además, al aceptar el primado de la Iglesia de Roma, la comunión con ella hace posible que la comunión con las diversas Diócesis se haga precisamente a través de su ministerio de unidad y comunión.

Sin esta apertura a su dimensión universal, pronto la Iglesia particular deviene en una secta. Si la Iglesia universal no se revela toda ella cualitativamente en la Iglesia particular, podemos caer en la concepción de una confederación de Iglesias independientes o a la idea de una Iglesia universal como suma de muchas iglesias pequeñas.

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