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LUIS SÁNCHEZ

Todos tenemos pasiones poco exploradas que siempre mantenemos en segundo término cuando de deberes y obligaciones hablamos.
Estos días, retomando un poco un tiempo para el disfrute y distracción, tuve la oportunidad de adentrarme un poco más en el pensamiento de un filósofo: Jean Jacques Rousseau, sobre todo por el tema que aborda en uno de sus tantos escritos, la desigualdad a través del discurso.
Ambos temas en sintonía resultan cuando menos interesantes para su servidor. De ahí, podemos retomar el origen de la desigualdad, las características que conllevan al desarrollo de la misma, y sobre todo, la importancia de hacer visible lo que, tras años de hábitos y costumbres, se convierte en normal, desaparece detrás de discursos que la mencionan más por obligación que por verdadero compromiso para lidiar con ella.
Resulta esencial destacar los datos detrás de donde se oculta el problema, pues su medición da un parámetro y claridad sobre el rumbo que como sociedad podemos tomar. Para esto, instrumentos como el Índice de Desarrollo Humano, que por cierto, basa su metodología en el enfoque de Sen, el cuál retomamos la semana anterior, o el Índice de Gini que arroja promedios en ciudades, estados y países respecto al grado de desigualdad son evidencia que nuestros tomadores de decisiones deberían tener siempre presente.

En México, por ejemplo, el Índice de Gini establece un puntaje de: 0.487, lo cuál, comparado con el promedio de países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE, 2022) que es de 0.365 resulta preocupantemente alto. Además, si otros instrumentos como el Índice de Desarrollo Humano se analizan a profundidad, arrojan resultados que deberían ser una fuerte llamada de atención para nuestros gobernantes, por ejemplo, al comparar estados dentro de nuestro país, donde Baja California cuenta con un desarrollo humano similar al de Polonia, y Guerrero con uno similar al del Congo, en África.

Podríamos continuar con otros ejemplos como el Índice de Pobreza Multidimensional que desarrolló la Universidad de Oxford en 2018 el cuál permite medir con más claridad la pobreza a través de indicadores como la salud, la educación y los estándares de vida, los cuáles a su vez cuentan con sus respectivas dimensiones.

Y así, varios instrumentos son la catapulta para tener siempre presente una problemática difícil de enfrentar, pero que, en conjunto, sociedad y gobierno, tenemos la obligación de darle cara.

Así, retomando a Rousseau, es a través del poder político que se combate a una desigualdad social, pero no considera, y agregaría, es a través de la misma sociedad que se ejerce presión para que estos problemas sean escuchados y tomados en cuenta. Toda desigualdad, de no ser tratada, genera mayores problemáticas, como la cesión del derecho a la libertad, lo cuál, bajo ninguna circunstancia debemos permitir, porque, si perdemos nuestra libertad, ¿Qué nos queda?

Es así que debemos hacer uso de los instrumentos que evidencian una desigualdad invisible, indignémonos ante las injusticias sociales, ejerzamos presión ante aquello que debe cambiar.
Nos leemos la siguiente semana, y recuerda luchar, luchar siempre, pero siempre luchar desde espacios más informados, que construyen realidades menos desiguales y pacíficas.

@arquimedios_gdl

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