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Soy misionera Verbum Dei, por la gracia y misericordia de Dios, y porque “no me eligieron ustedes a Mí, fui yo quien los elegí y los he destinado para que vayan y den mucho fruto” (Jn 15,16).

Martina González Pérez

Les comparto brevemente cómo nació la rama de misioneras. La actividad apostólica de nuestro fundador, Pbro. Jaime Bonet Bonet, desde su
ordenación sacerdotal en 1952, dio lugar a diferentes grupos, entre ellos al Movimiento de Convivencias, que se extendió por toda la isla de Mallorca, en España.
En este contexto, algunas jóvenes manifestaron al P. Jaime su deseo de consagrarse totalmente a Dios en esta misión. Unos años más tarde, el 17
de enero de 1963, el Obispo de Mallorca, Monseñor Jesús Enciso Viana, bendijo su primera casa y oratorio, dando inicio a la vida en común y a la
rama de misioneras.
En 1966 se envió a las primeras misioneras fuera de Mallorca, a Roma y a Perú, y continuó la expansión hacia la Península Ibérica. No todas
eran fundaciones formales, sino experiencias de vida comunitaria y misión.
La Fraternidad Misionera Verbum Dei cuenta con tres ramas distintas: misioneras consagradas, misioneros consagrados (muchos de ellos, además, Sacerdotes) y matrimonios-misioneros. Este núcleo de vida consagrada genera y da paso a la Familia Misionera Verbum Dei, una realidad eclesial más amplia, a la cual puede pertenecer toda persona que desee desplegar el carácter misionero recibido por el Bautismo, compartiendo la misma
espiritualidad, comprometiéndose y colaborando activamente en la misión Verbum Dei.

Aun siendo formada por distintos estados de vida, sexo y nación, a todos les une el mismo deseo de aspirar a la perfección en el amor, así como la transmisión de la vida y del amor de Dios entre todos los hombres.


La identidad de la Familia Misionera Verbum Dei queda expresada en su mismo nombre: ser familia, profundamente misionera, al servicio del
anuncio de la Palabra de Dios.
TODOS SOMOS SACERDOTES
Verbum Dei fundamenta su misión evangelizadora en el sacerdocio común recibido en el Bautismo que hace a todo bautizado misionero de la Palabra.
Son fuentes de nuestra espiritualidad Verbum Dei tanto la Trinidad, de la que resaltan que habita en el interior de cada uno; como la Virgen, madre de todos y maestra en decirle a Dios: “Hágase según tu voluntad”. Cuerpo Místico y la Eucaristía.
Nuestra oración Verbum Dei es una oración de relación afectiva con Dios, un tratado de amistad con la Trinidad y la Virgen. Una oración que no se queda en la habitación, sino que es para la vida, tanto personal como del prójimo. Es en la oración de donde la misionera Verbum Dei descubre la misión concreta para el mundo que Dios le pide a cada uno.
Conscientes de que la fe viene por la predicación de la Palabra de Dios (cf. Romanos 10,17), y porque no queremos alimentar nuestra vida de fe y de piedad con cualquier idea o doctrina, sino con el alimento sólido y seguro de la Palabra de Dios, centramos toda nuestra vida y nuestra oración en la Palabra de Dios.
En ella reconocemos que Dios nos habla, pues creemos que a Dios oramos cuando nos dirigimos a Él, y que a Dios escuchamos cuando leemos y meditamos su Palabra (cf. DV 25). En la Palabra de Dios reconocemos su rostro y experimentamos la dulzura de su voz; ella es nuestra alegría y gozo (cf. Jeremías 15,16), pues ella nos revela los tesoros de la vida y el amor de Dios para seguir a Cristo, Palabra viva.

“La mujer tiene el gran tesoro de dar vida, ternura, paz y alegría”

Recojo esta frase de nuestro querido Papa Francisco, porque es posible llevar ternura, alegría, paz y la vida por medio de la predicación de la Palabra.
El encuentro con Dios diariamente nos pone en un dinamismo constante de misión. Qué alegría que Dios nos mira, nos elige, y nos envía a su mundo, un mundo que sufre por falta de conocimiento (Os 4,6).
Doy gracias a Dios porque un día me dio alcance, me llamó a una misión preciosa, de mucha incidencia. Pertenezco a Dios, soy propiedad de Él
y desde ahí cada día me pongo en camino, con la seguridad de que Dios hace feliz a todo hombre que confía en Él.
A dónde iremos si solo tú tienes palabra de vida eterna (Jn 6,68).

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Papa Francisco

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