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Es una ironía que Israel, el pueblo al que perteneció Jesús, el Príncipe de Paz, en la sangre que quiso nacer y hacerse hombre como nosotros, esté en guerra, y que, precisamente en los días en los que recordamos la segunda venida del Salvador al mundo, se esté librando un conflicto con muchas muertes y víctimas inocentes de por medio.
Es lo que más duele en el corazón de un pueblo que, por siglos, ha permanecido separado, y que contradice el espíritu de Jesucristo, que quiso poner su morada entre ellos, Jesucristo.
El mismo drama que sufrió Jesús es el que están padeciendo miles de personas en ese territorio que debería ser paradigma de paz. El nacimiento del redentor del mundo experimentó la persecución, y Herodes hizo derramar mucha sangre para encontrar al que consideró una amenaza. No consiguió nada el tirano, como ahora no consiguen, sino muerte, la tiranía de un gobernante y la tiranía de un grupo guerrillero.

La sangre se sigue derramando, y el odio sigue creciendo, en escalada, sin que parezca tener fin.

“La paz esté con ustedes” era el saludo con el que Jesús pidió que se presentaran sus discípulos siempre, con creyentes y no creyentes, con judíos y no judíos. Es el mismo saludo con el que el Señor apareció a sus discípulos una vez resucitado.
Pero ahora, por desgracia, ese saludo ha perdido su sentido, en su tierra y en muchas otras partes del mundo, en donde, como ha dicho el Papa Francisco, “nadie gana; solo ganan los que trafican con armas”.

Ahora ya no se trata de Israel que no tiene paz en su territorio porque, como en otro tiempo, estaba invadida por países extranjeros, sino que hoy es una guerra fratricida entre dos medios hermanos, descendientes del mismo padre, Abraham.

Ciertamente, no todos los judíos quieren la guerra, ni todos los palestinos son guerrilleros. Pero sí, por una parte, están los brazos fundamentalistas y radicales de unos, que reclaman un territorio propio (movidos más por su lado bélico que por justificada necesidad) y, por otra parte, un gobierno que dice no estar dispuesto a tolerar grupos armados antagónicos.

Lo cierto es que los habitantes de los lugares que recorrió Jesús están en un permanente peligro.
¡Qué ironía! El que quiso traer paz a su tierra se encuentra con que prácticamente nunca ha estado cerca de alcanzarla.

Con excepción de acuerdos firmados que luego todos pisotean el saludo “shalom” (paz) típicamente judío, se ha nulificado en la práctica.
Aunque ya hubo una leve advertencia del presidente norteamericano Biden a su homólogo israelí, de que “está empezando a perder apoyo por bombardeos indiscriminados”, con la intención de que frenen las feroces embestidas de Netanyahu al territorio palestino, aquello no parece tener fin.
No olvidemos que “la guerra moderna es una locura, es un absurdo, un suicidio, que exige una prohibición absoluta” (Jules Labarbe, Paz, Diccionario de las Religiones -obra coordinada por el Cardenal Paul Poupard-). Pío XII clamó ´guerra a la guerra´, y los posteriores pontífices así lo han manifestado de diferentes maneras,
El anuncio de “paz a los hombres de buena voluntad” tiene su antítesis en “guerra entre los hombres sin ninguna voluntad”.

@arquimedios_gdl

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