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LAURA CASTRO GOLARTE

Las mujeres del México antiguo no están bien representadas, ni sus vidas fueron registradas con la puntualidad que sí se aplicó en la narración sobre los hombres, tanto los que ocupaban posiciones de poder como los demás, en su vida cotidiana. Y es así porque las primeras crónicas de hace más de 500 años las escribieron hombres de una sociedad donde la mujer era desdeñada, invisible, menospreciada…, con todo y que acababan de tener una reina.
Es muy poco lo que se conoce, pero por fortuna, gracias al avance de los estudios académicos sobre las mujeres, hoy conocemos más, y la actividad es tan dinámica en investigación histórica que la información está en aumento porque ya son muchos los historiadores e historiadoras que han vuelto a las fuentes primarias para buscar directamente las referencias a las mujeres precolombinas en un trabajo de revisión muy intenso y por demás interesante.
Hoy sabemos, por ejemplo, que hubo guerreras, aparecen en los códices, pero no habían sido notadas; vivió una mujer, por lo menos, que ejerció como emperatriz en el imperio mexica; varias reinas en el mundo maya, y la certeza hoy de que las mujeres fueron pieza clave para la permanencia y continuidad de linajes gobernantes. Esos registros, recién descubiertos, revisitados, revisados y vueltos a revisar, son el cabo del hilo que ya se empezó a jalar y a devanar, y que nos depara el gradual y próximo acceso a información de calidad y abundante sobre la vida cotidiana de las mujeres y de mujeres poderosas en el México antiguo.
En este contexto, hay una mujer de la que sabemos más desde hace ya algún tiempo, aun cuando la difusión de su historia ha sido escasa: Ixcaxochitzin (copo o flor de algodón) Tecuichpo (hija del Tlatoani), la hija favorita de Moctezuma II.
No se conservan representaciones de esta princesa que fue bautizada, recibió por nombre Isabel y vivió hasta 1550 o 1551.
Su vida, justo en el encuentro entre mexicas y españoles, no fue fácil y sí violenta y compleja. Nació en la Gran Tenochtitlan en 1509 o 1510, es decir, cuando su padre, el huey tlatoani Moctezuma Xocoyotzin, fue asesinado; y meses más tarde, cuando cayó la ciudad, ella tenía entre 10 y 12 años, una niña.
Los españoles salieron después de la matanza de Tóxcatl (20-22 de mayo de 1520) que inició Pedro de Alvarado en el Templo Mayor, en un episodio que se conoce como la Noche triste o Noche victoriosa. En ese momento, Tecuichpo fue rescatada por los mexicas y, de inmediato, con el propósito de proteger el linaje, la casaron con Cuitláhuac, hermano de Moctezuma; a los pocos meses, con Cuauhtémoc, su tío también, primo de su padre. El primero falleció víctima de la viruela.
Se sabe que mientras Hernán Cortés se iba a las Hibueras (Honduras) en aquella fallida expedición en la que mandó ahorcar a Cuauhtémoc, Tecuichpo quedó bajo la protección y cuidado de los franciscanos. Ya bautizada, era reconocida como doña Isabel Moctezuma.
Se casó después, obligada por Cortés, y en posesión de la encomienda de Tlacopan o Tacuba, que le fue concedida en junio de 1526, con Alonso de Grado, en un matrimonio que duró muy poco porque él murió; no tuvieron hijos. Viuda por tercera vez, Cortés se la llevó a vivir con él a Coyoacán, donde el conquistador mantenía a varias concubinas y en la relación forzada que sostuvo con doña Isabel, ella quedó embarazada y tuvo a una niña, en realidad, nieta del huey tlatoani mexica: Leonor Cortés.
Como Cortés no tenía intención de casarse con Tecuichpo, la obligó de nuevo a casarse, ahora con Pedro Gallego de Andrade. Leonor fue su primogénita, pero doña Isabel no la quiso y fue criada por otra familia. Murió también Gallego con quien tuvo uno o dos hijos, según las fuentes; y al final, su quinto y último matrimonio con Juan Cano, fue el único que ella decidió. Tuvieron cuatro o seis hijos (las fuentes manejan datos diversos) y prevaleció, por su origen noble, el apellido Moctezuma.

Doña Isabel Tecuichpo llegó a ser una mujer muy rica gracias a los beneficios de la encomienda y a las gestiones que para proteger su patrimonio hizo su último marido. Convencida de la religión católica, era cercana a los franciscanos y a los agustinos.
Ella financió parte de la construcción del convento y templo de San Agustín, en la Ciudad de México, donde reposan sus restos.
Doña Isabel, “señora en todas sus cosas”, además de rica, era inteligente, cristiana y culta. Desempeñó un papel fundamental durante los primeros años del virreinato porque logró mantener “el sosiego y contentamiento de los naturales de la tierra” y participó en el inicio de la cristianización.

Según el Códice Cozcatzin, la mujer del centro sería Tecuichpo, sin embargo, era una niña y en esta representación es adulta.

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