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ALFREDO ARNOLD

El Gobierno de México entregó el mes pasado, con bastante retraso por cierto, la Presidencia pro témpore (rotativa) de la Alianza del Pacífico. No la traspasó oportunamente a causa del conflicto diplomático generado con Perú por la destitución del expresidente Pedro Castillo. México debería haberla entregado a la presidenta Dina Boluarte pero se negó a hacerlo. El incidente se resolvió entregándola a Chile, quien dentro de unos días la pasará a Perú. En tales condiciones, difícilmente podrá seguir funcionando la Alianza que forman Perú, Colombia, Chile y México, países donde ya cambiaron los cuatro presidentes que suscribieron ese acuerdo.

Este bochornoso capítulo echa por tierra cualquier posibilidad que le quedara a la 4T de asumir el liderazgo de la Izquierda latinoamericana. No podemos afirmar que por la mente del Presidente López Obrador haya pasado la idea de ejercer dicho liderazgo moral, pero seguramente algunos miembros de su equipo sí tuvieron la tentación, sobre todo porque el escenario les era favorable al inicio del sexenio con tantos gobiernos progresistas que surgieron desde México hasta Argentina.
De hecho, el gobierno mexicano realizó acciones concretas que apuntaban en esa dirección, como el apoyo económico que dio para exportar el programa “Sembrando Vida” a Centroamérica; la defensa de la migración; el “rescate” de Evo Morales y la presencia del presidente argentino Alberto Fernández como invitado especial en el bicentenario del Plan de Iguala.
A lo largo del sexenio han ocurrido muchos eventos que harían pensar en el interés del gobierno por liderar la Izquierda del hemisferio sur americano. Podríamos mencionar algunos de ellos:
El boicot de AMLO a la Cumbre de Biden; el discurso del Presidente en el Consejo de Seguridad de la ONU; el trato preferencial a Cuba con la visita presidencial y el tema de las vacunas y los médicos; la asesoría que el canciller dio a Pedro Castillo cuando recién asumió el poder en Perú; la notoria felicidad en la Mañanera por el triunfo de Lula, etcétera.
Sin embargo, dichos intentos de lograr una relación muy cercana nunca tuvieron respuesta concreta favorable a México; al contrario, cuando se eligió al nuevo presidente del BID, la propuesta mexicana fue literalmente ignorada por los gobiernos latinoamericanos que le dieron el voto al candidato de Brasil.
Hoy en día, aunque la Izquierda sigue ganando posiciones en América Latina, la influencia mexicana es prácticamente inexistente: Lula de Brasil, Gabriel Boric de Chile, Gustavo Petro de Colombia, Fernández de Argentina, Maduro, Ortega y Díaz-Canel tienen sus propios problemas e intereses y aquí en México, el excanciller que estuvo viajando y entrevistándose con ellos, Marcelo Ebrard, ya está involucrado de lleno en la sucesión presidencial.
Fallaron los pronósticos que anticipaban una poderosa irrupción de la Izquierda en América Latina. Los dos años de pandemia y la guerra entre Rusia y Ucrania han influido, así como la expectativa comercial que significa China, un gigante que no revela del todo sus intenciones. Los gobiernos no están negociando en forma de bloques sino de manera individual, dejando de lado cuestiones ideológicas.
Pero el T-MEC sí está funcionando, el comercio bilateral con Estados Unidos pasa por un buen momento y México lo debe aprovechar. Tal vez las cosas cambien dentro de cierto tiempo en la complicada red de relaciones internacionales, quizá el próximo presidente de Estados Unidos llegue con una política comercial distinta, tal vez China y Estados Unidos consigan un acercamiento, muchas cosas pueden suceder, por eso no debemos dejar pasar esta oportunidad. Hay que decirlo porque es una realidad: el bienestar de México no está ligado al Sur sino al punto cardinal contrario.

El autor es LAE, diplomado en Filosofía, periodista de larga experiencia y catedrático de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

@arquimedios_gdl

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