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Libro de Pbro. Armando González Escoto

Augusto Chacón

Gracias al historiador Armando González Escoto por invitarme a comentar su más reciente obra, Jalisco, 200 años de soberanía. Es un honor que me haya hecho semejante consideración. Además, comentar su libro en la UNIVA significa mucho para mí, tengo en alto aprecio a esta Universidad y a no poca de su gente.

En los tiempos que corren, y por la prisa a la que corren, cada vez nos sentimos más impelidos a lo sucinto, por cortesía y porque, debemos decirlo, somos una sociedad formada por una mayoría de mujeres y hombres que hemos hecho del déficit de atención un valor: en vez de dedicar mucha concentración a algunos asuntos, ahora ofrecemos alguna -tampoco tanta- a muchos negocios. Espero que esto me valga como prolegómeno al anuncio que estoy por hacer: no seré breve. Es decir, en términos del cronómetro, lo seré en lo que concierne a lo que me podría extender sobre el contenido de un libro que me parece excepcional.

Muchas veces he citado, por gusto y oportunidad -no por pereza- al poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, de comienzos del siglo XIX, que asentó que en tanto lectores y para que la poesía pueda ser una edificación mancomunada entre el poeta y quien lee, es aconsejable la “suspensión de la incredulidad”, es decir: dejarse llevar por lo que el texto es, por sus artificios y la atmósfera y el mundo que crea. Al preparar este comentario no dejé de pensar en esa referencia: para la literatura y también para los juegos que tan seriamente jugamos, la petición de Coleridge es pertinente; sólo que como nos ha sucedido históricamente, eso que la cultura aporta a la aventura estupenda de ser humanos -con las artes y la religión, con la mirada que ponemos a lo que nos rodea, en el cielo y en la tierra, y las historias que con todo eso nos contamos, incluida la ciencia- las distintas denominaciones que ha tenido la clase política a lo largo de la historia lo ha usado para hacer eficaces, a su favor, las distintas puestas en escena que existen para el verbo gobernar.

Recientemente vemos, en todo el mundo, esta pulsión de los gobernantes por apropiarse de bienes públicos para intentar convertirlos en símbolos redituables para ellos; con lo que de pronto crean aberraciones (ni modo de no parafrasear a Don Francisco de Goya y Lucientes: los sueños de poder producen monstruos). Aberraciones como que el presidente de la República decidió que un nuevo símbolo nacional tenía que ser la caída de Tenochtitlán y como -miren lo que es la suerte- los quinientos años de ese suceso tocaron durante su mandato, pues a hacer la gran ceremonia en el mismísimo sitio de aquellos eventos del 13 de agosto de 1521; con profusión de gestos en una ceremonia del tipo homenaje a la bandera en escuela primaria, mandó edificar una pirámide de cartón piedra para el acto solemne, a pesar de que a doscientos metros del templete que montó estén las ruinas extraordinarias del Templo Mayor de la civilización azteca. Y así las aberraciones alrededor de la imposición de símbolos de alcance nacional, de Juárez y los Flores Magón, al Tren Maya, el aeropuerto nombrado a favor de un reencontrado héroe, Felipe Ángeles, cuya imagen está en vías de quedar en algún billete o moneda. O por acá la Refundación, que no terminó de prender como símbolo, tampoco como colección de hechos refundadores. Y las extravagancias que por todo el país se han puedo de moda: valerse de ciertos fenómenos de la cultura popular, y de la mercadotecnia, como símbolos del buen gobernante: convidar a la población, a la masa, a conciertos públicos y gratuitos de artistas consagrados por las redes sociales. Dice el autor que nos tiene congregados aquí, Armando, en su obra: “desde el origen de las culturas humanas, los símbolos han tenido una sólida función sintetizadora, histórica y social. Con demasiada frecuencia un símbolo puede incluso modificar una identidad social, si se le maneja «adecuadamente».” (p. 43) Así, en el vaivén como de tianguis en que quienes detentan el poder, el público y el de la comunicación masiva, han convertido el afán febril por simbolizar, al leer el título: Jalisco, 200 años de soberanía, un primer impulso puede ser considerar que Armando González Escoto se subió a la marea que incluye una pelea del Canelo, partidos de futbol, carreras de coches, mensajes vacuos -cómo no- en las redes sociales y la obligatoriedad, en ceremonias oficiales, de cantar el himno de Jalisco (bastante feo, por cierto), todo esto alrededor de una efeméride real y que había estado ausente de las fiestas cívicas locales: la conmemoración del nacimiento de Jalisco luego de la extinción de la Nueva España y de la Nueva Galicia.

Por supuesto, en tratándose de Armando lo que corresponde hacer, por su conocimiento y rigor intelectual, es suspender la incredulidad: entre las pastas duras del volumen debe haber mucho más que la trivialidad oportunista tan rentable para tantos. Y no me falló la certeza: el análisis y las reflexiones del historiador González Escoto están a la altura del símbolo que sí es este bicentenario, aunque no genere tantos likes.

Como buen historiador, dedicado y permanentemente crítico, lo que significa nunca terminar de llegar, ni al concepto definitivo ni a la historiografía de la última palabra, sino que se desenvuelve en el rico y productivo “ya voy”, así como el buen escritor que González Escoto es, su texto se solaza en las tensiones que crea como mecanismos de reflexión y diálogo. En general, les adelanto, no para advertirles sino preparar los debates que la obra va a suscitar, el libro contiene un misterio voluntariamente buscado: cómo se forma, se sostiene y se actualiza una identidad, una sometida a la tensión eje que Armando percibe y describe: centralismo-federalismo y su reflejo local: centro-regiones.  

En la Nueva España las audiencias de México, Guadalajara y Guatemala establecieron el camino regionalizador y autonómico que produjo la rica diversidad de culturas que a la fecha perviven. El federalismo fue un intento por mantenerlas a flote, y el centralismo el esfuerzo permanente por anularlas en favor de una patria uniformada y centralizada desde la Ciudad de México, objetivo respaldado no solamente por cuestiones doctrinales sino por toda una gama de intereses y por la patológica tendencia de nuestros gobernantes a seguir siendo monarcas absolutos. (p.32)

En este entresacado del libro trasluce nítidamente, para mí, un motivo nada despreciable para que esta efeméride tenga una validez superior: detrás y por delante de la fundación de Jalisco hubo un incentivo identitario y libertario: no se trató solamente de un reparto político administrativo del territorio, fue huella de formas sociales, de culto religioso, políticas y económicas, que distinguían a la cultura que comenzó a fundarse trescientos años antes. Pero bueno, al fin estamos hablando de un texto de Armando González Escoto: designa impecablemente la llama que dio vida al estado y asimismo el chorro de agua que la menguó: “la patológica tendencia de nuestros gobernantes a seguir siendo monarcas absolutos.” No incurriré en la grosería de preguntarle si podemos traer su escrito a tiempo actual: me parece que la enfermedad que aqueja a los gobernantes también cumple doscientos años de gozar de cabal salud. (No estaría mal que nos regalara un libro al respecto).

Pero que nadie se relaje: el mal no reside exclusivamente en el altiplano en el que está el Valle de México, es como con los terremotos: allá está el epicentro, por toda la nación se perciben las reproducciones gustosamente recibidas:

Al considerar el crecimiento incontenible hasta ahora del área metropolitana de Guadalajara en contraste con el escaso desarrollo del interior del estado, se puede fácilmente pensar que hemos replicado el mismo modelo centralizador de la república, lo cual es en parte cierto y también en parte justificable, ya que la región necesitaba de una capital fuerte para mejor enfrentar la política centralista. Favorecer una ciudad de alta población era también direccionar la productividad del estado en función del consumo de su capital, que aseguraría el destino final de los productos, un poco en la línea de la autosuficiencia sobre todo alimentaria y artesanal. Efecto de esta política fue la fuerte inmigración que ya desde los tiempos de la guerra de Independencia se había venido dando. En los tiempos actuales se puede afirmar que todo Jalisco vive en Guadalajara, pues habitan en la ciudad personas provenientes de todos sus municipios. En este mismo sentido deberá concederse que todo Jalisco ha hecho a Guadalajara. (p. 121)

Una página adelante el autor remata: “De cualquier manera, es obvio que la política estatal descuidó al resto de Jalisco y, por lo mismo, su desarrollo económico ha sido muy desigual. También en Jalisco, para progresar se ha hecho necesario venirse a Guadalajara.”

Esta especie de: qué ha sido de nosotros, como estado (que es el libro de Armando), toca los aspectos más notables de lo que es y ha venido siendo nuestra sociedad: de la religión con sus fervores y líderes, a la política, de la economía y la infraestructura como soporte y comunicante de todas las actividades, a la inmigración y la migración, hasta los empresarios y los sindicatos. Al mencionar la amplitud de los temas y mirar el volumen -ricamente ilustrado- el tamaño del tipo empleado, el peso del papel que hospeda a las palabras y las imágenes, parece poco espacio para abarcar tanto. El autor lo logra, consigue darnos un paseo suficientemente profundo por una historia compleja, es decir: contradictoria, de avances y retrocesos, de gozos y padecimientos, de deudas e iniquidades. Digamos, doscientos años de soberanía… en vilo.

Dedica, ya quedó dicho, páginas a las empresas y a los empresarios, y a su contraparte, los sindicatos. Después de todo, un territorio y la gente que lo habita no se definen únicamente, como ha pretendido el oficialismo metido a historiador, por las relaciones entre las élites políticas y militares, sus respectivos dominios y los agentes satélites de aquéllos, que de cuando en cuando aparecen en las páginas del devenir patrio; la economía es asimismo un intercambio social que modula vidas y a la política y perfila futuros. Armando urde fino: caracteriza con conocimiento y mediante una narración muy buena el rol que el intercambio comercial, la producción y los servicios han jugado a lo largo de dos siglos; al cabo, el mensaje que deja es contundente: si hemos de hablar sobre soberanía, es imperativo considerar, como quedó expresado en una de las citas previas, “al menos la autosuficiencia alimentaria y artesanal”, y su derrotero bicentenario. Dice el autor, luego del recorrido que hace por la historia de la economía: “No obstante, el gran esfuerzo empresarial es un hecho que hoy Jalisco ocupa el 4° lugar en la producción económica nacional (…) evidentemente un cuarto lugar en este país centralista es un elevado sitio que habla muy bien de nuestra gente” (p. 120); aunque no se queda en el chauvinismo localista que tiende a ser acrítico para festinar la mediocridad, y afirma: “un número considerable de grandes empresarios jaliscienses no estaba preparado para competir en ligas globales (…) Varias segundas generaciones de empresas líderes optaron muy pronto por vender sus marcas a empresarios de otras regiones mexicanas, más pujantes, o a consorcios internacionales; un ejemplo significativo de esta nueva realidad es que en Jalisco solamente sobrevive, y a duras penas, un periódico de origen local.” (p.119). Por último, por lo que toca a este rubro, Armando reseña brevemente el papel de los sindicatos, en general propicio para la buena avenencia entre trabajadores y patrones, lo que lo motiva a llamar a los líderes de los primeros: “de fuerte personalidad, visionarios y bien identificados con la clase a la que representaban”, con lo que cualquier lector, o lectora, podría enarcar las cejas, hasta que en la siguiente oración incluye el matiz necesario, no para zanjar el asunto, sino para, desde mi óptica, tirar una línea de potencial debate: “sin que fueran por otra parte modelos de perfección.” (p. 114)    

Sí, lo asenté antes, lo traigo a colación una vez más: el libro de González Escoto se regodea evidenciando las tensiones, no únicamente las inherentes al devenir de un estado como Jalisco y su ansia por ser soberano, sino las que cualquier buen libro, del género que sea, propicia entre quien dice y quien lee. Es decir, su obra tiene el mérito de conservar y difundir conocimiento histórico, pero además lo crea, ya que intencionalmente no prescinde de entrar en diálogo con quien lo lee. Porque, no es necesario decirlo en una universidad, el conocimiento, aún el que parece fijado en los libros, no debe ser unívoco, es siempre dialógico.

Llegado a este punto, lo que corresponde es que me coloque en el único lugar pertinente para mí, no el de comentarista, que se debe sólo por la estupenda coyuntura en la que me puso Armando, sino en el que prefiero estar y para el que he practicado muchos años: el de lector. Desde esa calidad afirmé, apenas en el albor de esta intervención, que el libro contiene un misterio voluntariamente buscado: cómo se forma, se sostiene y se actualiza una identidad; luego hablé de las tensiones que revela: centralismo-federalismo, centro-regiones. Hay una más que no está dicha de manera explícita, pero se me antoja que no es ajena a las disquisiciones de Armando: la que se genera entre la soberanía políticamente entendida, si quieren: sociológicamente entendida, y la otra, individual y asimismo comunitaria: la soberanía de las creencias, laicas y confesionales. Esto, para mí, es el corazón de su obra, personificado por la Virgen de Zapopan y por el acontecer de su culto, que para él no es sino el acontecer de una identidad que soporta lo embates de los afanes político-económicos empeñados en la uniformidad reduccionista y que, por lo mismo, también resiste la connivencia de quienes deberían ser ejemplo para apuntalar esa soberanía, la personal, la del espíritu.  

Dos muestras extraídas del libro que comento:

La política centralista no de un partido sino de un presidente cada vez más fuerte se hizo apabullante en todos los órdenes de la existencia dado que exigía que todas las instancias colaboraran desde su propio ámbito para fortalecerlo. [Aquí abro corchetes para hacer una precisión y que nadie adelante juicios: González Escoto se refiere a Porfirio Díaz, cualquier parecido con la actualidad es meramente natural, no hemos hecho mucho para que sea de otro modo]. La fuerza de la religiosidad representaba un ariete de enorme importancia siempre y cuando fuese utilizado en favor de este proceso centralizador y uniformista, y el gobierno lo aprovechó ampliamente moviendo sus hilos desde atrás del telón. (p. 71)

Qué barbaridad, una más del dictador-villano preferido, piensa uno, pero para que su plan rindiera frutos, necesitó ayuda. Dice nuestro autor en la página siguiente:

El presidente Díaz, sobre todo a partir de su segundo periodo, venía impulsando un proceso de reconciliación con la Iglesia que le permitía a ésta reconstruirse, no obstante la vigencia de las Leyes de Reforma. Desde luego, los obispos mexicanos eran muy sensibles a esta condescendencia del señor presidente [estuve a punto abrir otros corchetes después de esta afirmación de Armando, me abstendré], y convencidos por el lado luminoso del centralismo dieron todo su apoyo al proyecto, haciendo del guadalupanismo el recurso “providencial” para alcanzar al “unidad” de la patria. (p. 72)

Ahí está la tensión y ahí trasluce la que designé: otra soberanía, que tiene, debe tener, un sólido componente libertario respecto del timón político y hasta de la jerarquía eclesial. González Escoto consigue poner el asunto en la vitrina común y de una manera palpable nos enseña que la soberanía es mucho más que determinaciones geográfico-políticas y de administración pública: es una idea compartida alrededor de símbolos concretos y sus manifestaciones. No rebelaré, por supuesto (se trata de dejar tras el velo cierta intriga que suscite interés) cómo se desarrolla y en qué termina el tête a tête entre la Generala y la Morenita del Tepeyac, falso y sólo existente en el campo imaginario de quienes detentaban poder, de la índole que fuera. Hay un remate extraído del texto que viene bien para las tensiones: centralismo-federalismo, soberanía política-soberanía espiritual:

nuestra gran incapacidad ha radicado en seguir confundiendo unidad con uniformismo, en no descubrir la riqueza de la diversidad cultural y quererla someter a denominadores comunes que van bien en las matemáticas, pero no en la vida de las sociedades; en olvidar que la fortaleza de un país radica en la fortaleza de sus regiones, y ésta a su vez dependa de la fuerza identitaria que posean, (p. 99)

Ya a partir de 1942 -sigue González Escoto- en las fiestas del IV centenario de la fundación de Guadalajara, la imagen de la Virgen de Zapopan había recuperado los espacios públicos que por tantos años se le habían negado. Era sin duda un signo de la afirmación identitaria de la ciudad, motor del estado y recomienzo de la vida constructiva de la comunidad. (p. 113)

Debo confesar algo, sobre todo para quienes con un grado agradecible de discreción comienzan a mirar su reloj: cuando pregunté al autor sobre el tiempo del que disponía para mis comentarios, me marcó una cantidad de minutos que deben agradecer no obedecí. Es decir: aguanten, por favor, o como dicen en Harvard, en su departamento de historia: ya mero.

El acto común y comunitario de leer casi siempre tiene un componente de placer. Digo casi siempre porque muchas cosas las leemos desestimando el componente placentero, son lecturas obligatorias que olvidamos, que se van de nosotros como manchas de tierra en las manos ante el jabón. Pero el placer que invocan requiere de nuestra complicidad; es decir, no brota como “la chispa de la vida” que nos dicen nos embarga súbitamente al tomar Coca-Cola. Y ese ser cómplices consiste en que el aprendizaje, la creación de imágenes, de situaciones, de personajes, aromas, sabores, paisajes, en diálogo silente con el texto, nos represente de antemano un goce, así como el del ritmo que consigue la disposición de las palabras; pero, sobre todo, que nos resulte gratificante dar con la relación de nuestra vida y de nuestros antecedentes culturales con eso que leemos. El libro Jalisco, 2000 años de soberanía hace sobradamente su parte, y aunque entremos a él inconscientes de lo que sería bueno disponer por nuestra cuenta, él se encarga de que aflore. Sí, es un documento intelectualmente apreciable y placentero; es señal en la encrucijada en la que ahora estamos, que como en los centros comerciales indica: usted, con otros como usted, está aquí y viene de allá, y lo han traído dando tumbos por acullá: pero quédese tranquilo, lo que usted es, con otros como usted, y ha venido siendo, se refiere en alguna medida a lo que encontrará aquí, tómelo o déjelo.    

Dos cosas más: refrendar que es una obra de Armando González Escoto y para quienes lo conocemos esto tiene una significancia no menor, la siguiente cita lo establece a las claras, es crítica, sentenciosa y concentra el saber del autor sobre la historia del estado y su percepción sobre el presente en el que estamos empeñados:

Si en el convite nacional Jalisco debe hoy solamente poner la música y la bebida, bien puede obedecer a una posible degradación: de Estado Libre y Soberano, ha venido a ser una colonia más del Distrito Federal, o la maquiladora número dos del país, o un barrio de la aldea global, no un espacio que produce ideas y proyectos, sino una tierra para contratar mano de obra a buen precio. (p.130).

Por supuesto, su libro desdice hasta cierto punto su especulación: está lleno de ideas y hay en él más de un proyecto esbozado.

La otra cosa que anuncié para terminar y dejar constancia de mi admiración y aprecio por un poeta que, como el mismo poeta afirma, Raúl Bañuelos, y ya que hablamos de identidad: es de Santa Tere, Jalisco; pero lo cito a continuación más que nada para dar otra muestra de lo que a mí me parece es uno de los rasgos que destaca la alta calidad del trabajo de González Escoto: me remitió a otro libro estupendo, a un poema de Bañuelos:

Debe haber un pueblo de forasteros donde todos sepan lo que son.

Y llegue uno más y sea uno como todos.

Y haya entendimiento común de uno con uno,

de uno con otro, de todos con todos.

Ese pueblo ando buscando.

Gracias.   

@arquimedios_gdl

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