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Hermanas y hermanos en el Señor:

El Señor fue dando a sus discípulos muestras de su divinidad, para que entendieran lo que ya habían vivido con Él (milagros, expulsión de demonios, predicación, convivencia con la gente, etc.) y para que entendieran lo que vendría después, cuando fuera aprehendido, humillado, sacrificado, crucificado, y luego, después de padecer todo esto, resucitara, acontecimiento en el que iba a brillar en plenitud el misterio de su divinidad, venciendo a la muerte y al mal, participando para siempre de la gloria de Dios. En efecto, la Resurrección es la prueba máxima de la divinidad de nuestro Señor Jesucristo.
Pero antes de que llegara este momento, había que predicar el Reino con el sufrimiento y con la cruz, pasar por las vicisitudes del camino humano para llegar a la plenitud de la vida y de la Resurrección.

En esta Cuaresma, lo primero que tenemos que hacer es volver nuestra mirada a Cristo, y dejarnos cautivar e iluminar por el esplendor de su ser.

Él es Dios, no se nos olvide; se quiso hacer hombre para estar a nuestro alcance, para que lo podamos escuchar, conocer, amar y lo podamos seguir.
Dejémonos, en esta Cuaresma, iluminar por el misterio, que es Cristo. No apartemos la mirada de Él, que es la plenitud de la luz de todos los misterios de nuestra vida. Nos ilumina, nos esclarece, nos acompaña en nuestra vida. No dejemos de voltearlo a ver en esta Cuaresma.
Además, hagamos caso de la Palabra de Dios Padre: “¡Es mi Hijo muy amado, escúchenlo!”.

La Cuaresma es tiempo de escuchar a Dios, su Palabra, descifrar su mensaje, esclarecer qué espera el Señor de mí, a dónde me quiere conducir en medio de todo lo que me pasa en la vida, en medio de todos mis pecados, mis errores y mis confusiones.

Preguntémonos: ‘Con todo lo que vivo, ¿a dónde me quiere llevar Dios?’.
Necesitamos escucharlo, fue enviado por su Padre para que en Él tengamos vida y salvación. Ver a Jesucristo y encontraren él la luz verdadera que nos ilumina.
A Jesús lo encontramos en su Palabra, lo encontramos en los sacramentos, en los que se nos participa la luz plena, es decir, la vida divina.
Cuando pecamos y confesamos nuestros pecados con humildad, integridad y arrepentimiento, se nos devuelve y restaura la vida misma de Dios –la gracia– en nuestra vida. En los sacramentos experimentamos la luz y la vida plena de Dios.
La plenitud de la divinidad permanece en nosotros, y nosotros en ella, cuando nos acerquemos con fe a los sacramentos.
También en la persona del prójimo encontramos a Jesús, en la persona del que más sufre, del que más necesita. Ahí está el Señor vivo, ahí encontramos la luz, la verdad y la divinidad del amor de Dios que toca a nuestra pobre humanidad, y que por nosotros toca las necesidades y las carencias de nuestros hermanos.
La Cuaresma nos recuerda que es tiempo de orar, de caridad, de hacer penitencias. No perdamos el rumbo hacia la meta, que es la Pascua.
Mientras tanto, contemplemos a Jesucristo, que es la luz, y escuchémoslo, porque es la Palabra viva del Padre.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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