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LA PALABRA DEL DOMINGO Juan López Vergara

La Madre Iglesia nos participa hoy un simbólico relato del santo Evangelio que muestra la sanación de un leproso mediante un sublime y generoso gesto de Jesús, el Hombre venido de Dios, quien suscitó la reinserción en la comunidad de aquel marginado: ‘muerto en vida’, que confió en Él, revelando así que tiene un preciosísimo corazón que no le cabe en el pecho (Mc 1, 40-45).

¡JESÚS SUSCITÓ LA CONFIANZA DEL LEPROSO!
Un leproso se acercó a Jesús y, puesto de rodillas, le dijo: “Si tú quieres, puedes curarme” (v. 40). Es extraordinaria la actitud del infectado, su atrevimiento de ‘ir’ hacia Jesús, su fe en Él, pues la Ley lo prohibía: “El afectado por la lepra llevará la ropa rasgada y desgreñada la cabeza, se tapará hasta el bigote e irá gritando: ‘¡Impuro, impuro!’. Todo el tiempo que le dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y vivirá aislado, fuera del campamento tendrá su morada” (Lv 13, 45-46). Pero, ¿no es de verdad sorprendente la confianza que Jesús suscitó en aquel enfermo?

¿QUIÉN ES JESÚS, CAPAZ DE INFUNDIR SEMEJANTE CONFIANZA?
Las leyes de Israel, respecto a la lepra, eran inclementes. No obstante de parecer inspiradas por la higiene, se trata de un auténtico tabú y discriminación social. El leproso era el marginado por antonomasia. La lepra implicaba doble sufrimiento: el propio padecimiento y la excomunión. Aquel osado leproso reconoció en Jesús una misteriosa omnipotencia que podía sanarlo; lo cual nos lleva a preguntarnos: ¿quién es Jesús, qué hay en su persona capaz de infundir semejante confianza?

“NO PODÍA ENTRAR ABIERTAMENTE EN LA CIUDAD”
El realismo de la narración aflora por la encantadora respuesta emocional de Jesús, quien “se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: ‘¡Sí quiero: Sana!’” (v. 41). Jesús no piensa en las restricciones de la Ley, sólo tiene compasión. Toca al enfermo a pesar de la prohibición, y en lugar de quedar contaminado comunica su propia pureza: “Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio” (v. 42). El relato ostenta una revelación de la Persona de Jesús, quien gozaba de un poder curativo que trasciende todas las analogías conocidas. Poder y compasión: dos cualidades divinas. Y, quien estaba abocado a la muerte recuperó la vida.

Jesús, enseguida, prohibió rigurosamente al ex-leproso difundir lo acontecido, y le ordenó ir al sacerdote para hacer la ofrenda prescrita por su purificación (véanse vv. 43-44). ¿Pero quién podría ocultar semejante felicidad? ¿No era acaso el leproso sanado nuevamente capaz de dar culto a Dios en unión con sus hermanos, “voy a proclamar todas tus maravillas; quiero alegrarme y gozar en ti, tañer para tu nombre, Altísimo” (Sal 9, 2-3)? El hombre, hasta entonces marginado, al verse reintegrado entre los suyos, con agradecido entusiasmo contó lo sucedido. ¿Será que quien experimenta el poder integrador y salvador de Jesús se convierte en un profeta? Si bien, comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús ya “no podía entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes” (v.45). Jesús, quien llevado por una magnánima compasión calzó los zapatos del enfermo, respetando su dignidad humana, hubo de pagar el precio de su solidaria compasión al ocupar el puesto del leproso.
Muy apreciables lectores, para actualizar la Palabra de Dios, ofrecida el día de hoy, los exhorto a contemplar a Jesús, el Hombre que salió del Padre (compárese Mc 1, 38), quien suscitó tal confianza en el enfermo, en definitiva, porque tiene un preciosísimo corazón que no le cabe en el pecho, dispuesto a hacer siempre el bien (compárese Hch 10, 38).

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