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FABIÁN ACOSTA RICO
UNIVA

“Y vivieron juntos por siempre”, idílica frase de cuento de hadas que cierra toda historia de amor imposible y de fantasía. Hasta hace poco, éste era el ideal de los enamorados: hacer vida en común, consolidar un hogar y prepararse para ser padres involucrados en la crianza de la descendencia. El amor de noviazgo culminado con la conformación de una familia viviendo en la misma casa. Pero detengámonos a reflexionar acerca de eso que llamamos amor.
El amor tiene bases biológicas y obedece a leyes naturales reproductivas imperativas para todo ser viviente; el engaño de la naturaleza del que habla el filósofo Arthur Schopenhauer nos brinda esa embriaguez que constatamos al enloquecer por alguien más; pero toda esta dicha tiene su raíz en un frenesí interno bioquímico activo en el sistema límbico o cerebro emocional.

Hoy nos conocemos y enamoramos a través de sitios o aplicaciones de Internet como Tinder o Badoo. Cupido ya no da vueltas los domingos en el kiosco del pueblo, también se ha modernizado, ahora navega por la red obediente a las leyes de la oferta y la demanda, como explica Zygmunt Bauman en “Amor Líquido”. Si los ciudadanos de la postmodernidad se enamoran a la distancia dando likes a la foto de su elección en Tinder, ¿qué tendría de raro que el amor postmoderno se viva también por separado? Cada quien en su casa o departamento; pero siempre en contacto gracias a WhatsApp.

René Guénon vaticinaba que la sociedad del futuro sería de individuos aislados. ¿Para cuántos en sintonía con este individualismo su ideal laboral es el home ofice? A muchos les funciona y va con el estilo de vida de los nuevos tiempos que nos obligan a migrar al mundo virtual.
¿Podría pasar lo mismo con las relaciones de pareja? Es muy probable, y ya muchos se adelantan al futuro queriendo conservar su privacidad e individualidad; pero sin que esto signifique carecer de una pareja emocional. Retomando a Bauman, cada vez más las nuevas generaciones entienden el amor no como una sentencia que exigía compromiso y permanecer en pareja hasta que la muerte nos separe; ahora es más una experiencia pasajera que no debe privar de acceder a otras iguales: “estuve contigo, fue placentero; pero, hay más peces en el estanque, así que a pescar en el mercado virtual de los amores”.
¿El futuro del amor podrían ser las parejas con vidas separadas también conocidas como LAT (Living Apart Together)? Es probable.
En Estados Unidos, se estima que el 3% de las parejas casadas adoptaron el modelo LAT. En Reino Unido los porcentajes son mayores, el número se eleva al 9%. En Canadá, el tema está en boga, con 1.5 millones de personas entre 25 y 64 años que viven separadas de su pareja.

Los expertos señalan que la convivencia implica compartir el mismo techo y crea rutinas que no necesariamente sepultan el amor. Toda relación requiere dedicación y tiempo. Compartir aspectos simples de la vida como limpiar la casa, hacer las compras, pasear al perro, pueden afianzar la relación, que puede ser aún más apuntalada con miras más elevadas como soñarse juntos viajando, emprendiendo, creando un patrimonio y envejeciendo.

Vivir en pareja puede pasar de moda; pero ¿queremos realmente un futuro de eternos noviazgos o de relaciones estilo LAT? El individuo de esta postmodernidad parece avanzar inexorablemente hacia la soledad. No quiero imaginar que el futuro que nos depara como humanidad haya sido retratado en “La Ballena” (2022).

Ojalá no nos veamos así confinados en nuestras casas, consumiendo pornografía, enfermos y discapacitados emocionalmente, sonriéndole a la muerte como escapatoria deseable a nuestra existencia.

@arquimedios_gdl

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