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PBRO. LIC. ELÍAS PARADA ANDALÓN
PROMOTOR VOCACIONAL

Los jóvenes de hoy tienen ideologías diferentes a las de hace unas décadas. No obstante, el sujeto de la vocación sigue siendo el hombre y, por lo tanto, debe haber vocaciones para todos los estados de vida. Lamentablemente, en nuestro mundo “Todo vale y nada importa”, y “La estética está por encima de la ética”.
Y esto provoca que el joven se halle en medio de una crisis social que lo rebasa, que le genera incertidumbre y una confusión altamente costosa para la toma de sus decisiones.
Abundan los “padres de algodón”, que les dan a sus hijos todo lo que desean; padres sobreprotectores, que quieren que sus hijos no afronten el mínimo sufrimiento ni los dejan vivir y experimentar la frustración.
Esto, y otros factores, han generado “hijos de cristal”. Los jóvenes no toman decisiones propias porque los “padres de algodón” no permiten que el muchacho se equivoque y tenga errores.
Además, las nuevas formas de comunicación sobre estimulan visualmente a los ávidos internautas, lo cual provoca una exaltación de la imagen y de la apariencia.
Vivimos en una era hiperconectada, con marcado predominio de lo virtual en las redes sociales.
La crisis generalizada de fe, aunada a la crisis propia de la adolescencia, mina la experiencia vocacional.
En buena medida, nos hemos estacionado en los temas doctrinales (Catecismo), y eludimos evangelizar.
Hay que promover, entonces, aprendizajes significativos. Hace falta, entre nuestra juventud, dar el salto a la experiencia y la vivencia de Dios. Hoy en día, ser joven está fuertemente ligado a la tecnología; la Red es algo rutinario en su vida. Son innumerables los que ya no creen en Dios, pero tampoco creen en la Iglesia.

Entienden la vida de una manera distinta. Urge, por tanto, revitalizar los fundamentos del creer y del esperar. Se trata, pues, de una generación muy diferente, que padece de un vacío moral y religioso, practica el culto a la individualidad y transita en el “yoísmo” de la vida.

También evidente una crisis de espiritualidad. Ya no le dedicamos tiempo a la oración. Paralelamente, decimos preocuparnos por educar a los jóvenes en la parte religiosa, pero relegamos la parte humana-relacional; es decir, enseñarles a entrar en contacto con los demás, de distintas edades y condiciones (no saben convivir).
Muchos jóvenes suelen vivir al pendiente de su familia y se les complica dejar su casa para seguir a Cristo, pues deben trabajar y estudiar. Cuántos papás no quieren que sus hijos sean consagrados; hay cada vez más rechazo hacia la vida sacerdotal y religiosa. Además, con alguna frecuencia, los jóvenes se sienten rechazados en la Iglesia porque todo se les prohíbe en automático, sin escucharlos (“cultura católica de la cancelación”).
Falta más apertura y diálogo con ellos, máxime que siempre han sido y serán, por naturaleza, generosos, serviciales y entregados, aportando a la Comunidad su talento, frescura y creatividad.
Alfredo Nateras Domínguez, Dr. en Ciencias Antropológicas por la UAM, comparte cifras: 33% de la población en nuestro país son jóvenes; 7 millones de jóvenes no trabajan; 10 millones están en edad de cursar el Bachillerato o la Universidad, y no lo hacen; del 65% de los desempleados jóvenes, uno de cada tres vive en la pobreza.

@arquimedios_gdl

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