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Hugo Gaucín

La adicción es la relación humana mal dirigida, y si sabemos que el ser humano es por naturaleza comunitario y se construye en las relaciones, la adicción realmente es un problema, pues el ser humano queda incapacitado para realizarse, las adicciones comprometen su desarrollo en todas sus dimensiones: personal, familiar, social, profesional, económico, etc. Resolver esto parece fácil, solo tendríamos que entender que las relaciones humanas son simplemente eso, humanas, pero, aunque suena obvio, no lo es.

¿Cuándo inician las adicciones?

El ser humano en relación excesiva con cosas, actos y substancias, la crisis del espíritu que lo lleva a la muerte

Todo a cuanto nos acercamos, o se acerca a nosotros, ya está en interacción y por ende en relación, pero la única relación importante es sólo el encuentro humano porque es el único capaz de configurarle y perfeccionarle. Dirigir consciente o inconscientemente esa relación fuera de la realidad humana es el problema del que, reforzándose a través del hábito, se va construyendo una adicción; la necesidad espiritual de la racionalidad pretende sustituirse. El criterio que nos guía para decir que esa interacción ya no es sana, es cuando disminuye o se cierra por completo la persona a la relación humana superponiendo su relación dirigida a las cosas, actos o substancias.

El ser humano y las cosas

Todos hemos pasado más tiempo con alguna cosa que con personas, por ejemplo, el celular, televisión, las horas escuchando música con audífonos, etc., el uso excesivo de aparatos o relación incluso fetichista con algunos objetos son elementos que debemos considerar. Lo que llamamos “relación” entre humanos y cosas se rige bajo un criterio de utilidad, si algo nos es útil es porque conocemos la finalidad, sin finalidad las cosas son inútiles. La finalidad última del ser humano es su realización personal, el uso excesivo y sin finalidad es una puerta ancha para iniciar conductas adictivas.

En este mismo rubro entran los animalitos mascota, sin meternos en cuestiones difíciles sobre que a veces son mejor compañía que los mismos seres humanos, debemos dejar claro que no son personas, es decir, conscientes de sí. Sin “satanizar” la presencia de animales en nuestra vida, no es de ninguna manera sano preferir la presencia de animales que seres humanos ni tratar a los animales como iguales. Son mascotas, son geniales, pero no sustituyen. Nos obliga a nosotros una actitud ética hacia ellos, pero no son sujeto de derechos pues tampoco son capaces de obligaciones.

El ser humano y los actos

Los actos adictivos son pequeños “rituales” a los que poco a poco se habitúa las personas, posteriormente se convierten en grandes “patrones” del comportamiento.

Sin darse cuenta de la progresión, la persona da cuenta que está en problemas cuando ya no resulta el “yo lo dejo cuando yo quiera”.

Se identifican como actos egoístas porque es una autoestimulación para generar en la mente un cambio de estado de ánimo que sirve como “evasión” de un malestar. Después de pasar su efecto la persona se descubre sola y, como la naturaleza humana es relacional, entonces vuelven a brotar sentimientos de malestar que llevan de nuevo al sujeto a buscar su cambio de ánimo en el acto, y así sucesivamente se gesta el “círculo vicioso” que crece y crece y se afianza en la estructura del hábito.

El ser humano y las substancias

Sabemos que las sustancias generan cambios de ánimo, como los actos, y es que como la actividad adictiva es cada vez más exigente para producir un cambio de humor, se necesita más y más. Cuando naturalmente ya no se satisface, es necesario recurrir a substancias.

La situación de soledad creciente encierra a la persona, nadie puede ayudarlo porque no quiere estar con nadie, quiere pasar el tiempo con aquello que lo ata. La tristeza que le genera el rechazo violento que hace a aquellos que lo aman y quieren ayudarlo va desapareciendo conforme la adicción va destruyendo la conciencia y el discernimiento; se abre el paso a nuevas experiencias, se vuelve confusa la realidad, es la crisis del espíritu encaminado a la muerte.

¿Existe adicción a las personas?

No, en la enfermedad del adicto existe una gran incapacidad de reconocer un “otro-distinto”, la búsqueda de satisfacción es egoísta. Esas relaciones destructivas son posibles cuando ninguna de las dos partes se reconoce dignidad de trato como de seres humanos, La terapia psicológica interviene cuando la persona se da cuenta del error de reducirse, o reducir al otro, a un objeto de uso.

El Poder Superior y el Dios de la libertad

La dimensión espiritual en el tratamiento de las adicciones, un poder “Superior”.

En el tratamiento que ofrecen muchos centros de rehabilitación existe una idea llamada “poder superior”. Esta noción expresa que los métodos terapéuticos en el trato de las adicciones consideran la dimensión espiritual del ser humano. Al enfermo se le ofrece una “idea” de Dios más cercano a la realidad rota del hombre al que se le confía el proceso y se le pide paciencia y sabiduría.

La “materialización” del poder superior se concretiza en el grupo de ayuda. Pongamos un ejemplo para explicar esta dinámica: imaginemos una persona querer voltear un carro, no puede realizarlo, pero si se llama a diez personas más para ejecutar esta acción, el carro seguro quedará llantas arriba; esas diez personas más son un poder superior frente a solo uno.

Lo mismo pasa en el camino arduo de las adicciones (y de la vida en general), debemos reconocer que solos no podemos y que necesitamos de otros para ayudarnos. En el tratamiento de las adicciones no se puede andar solo. De una adicción o de cualquier problema en la vida, la solución no está en cerrarse, sino en abrirse a los demás y pasar de ser un “yo” lleno de límites a un “nosotros” lleno de posibilidades.

Dios pone en nuestras manos nuestra libertad

El ser humano no es un ser acabado, está en vías, en él existe una dimensión que le vuelve receptor de todo a su alrededor, es un ser influenciable. Gracias a esta situación tenemos un idioma, una cultura, toda una cosmovisión, sin embargo, el ser influenciable no es una capacidad, es algo natural en él, lo que sí es una capacidad es la determinación. Todo es influido en el ser humano, pero solo él, desde la interioridad y sus convicciones, es capaz de determinarse frente a la vida.

Culpar a los demás es aquella realidad que la Sagrada Escritura expresa en las acusaciones de Adán y Eva: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí» «La serpiente me sedujo, y comí» (Gn 3, 12. 13). Por la capacidad de determinación nadie puede en el mundo responsabilizar de sus actos a otros, la determinación hace dueño de sí al ser humano.

Ser conscientes de la necesidad de vivir nuestra intimidad y relacionalidad, nos debe ayudar a buscar los medios necesarios, (profesionales médicos, psíquicos y espirituales) para construir nuestro ser personal.

Los centros de atención ofrecen espacios en donde las personas ejercitan su intimidad (como lugar donde se es realmente lo que se es y es aceptado) y relacionalidad (lugar donde no hay tensiones de que al saber lo que se es, sea rechazado). Estos grupos pequeños, llenos de estigmas sociales, han encontrado la clave de la realización humana.

Lo que lleva adelante las adicciones es la búsqueda insaciable de algo necesario, sumamente necesario, en un lugar donde nunca se encontrará, el absurdo de quien para encontrar algo, busca repetidas veces en el mismo cajón donde ya se buscó.

La triple “P”: Placer, Poder, Poseer

La fractura psicológica, pérdida de dominio de las facultades espirituales sobre el cuerpo, deja a la deriva estas tres dimensiones humanas. Es impensable el ser humano sin placer, no tendría sentido ni sabor por la vida; sin poder, no podría reconocer su dignidad y capacidad; y sin poseer, no tendría una seguridad para su subsistencia. Pero si cualquiera de ellas se vive en exceso: el pacer atropella al hombre en sus instintos más primarios, presa de la lujuria, pereza y gula; con demasiado poder, viene la ira como una falsa seguridad que le permite saciar su búsqueda de dominio y sobreponerse frente a Dios y los hombres con soberbia; y en el poseer se enferma en avaricia y envidia. Estas tres dimensiones humanas, como enseñó el antiguo filósofo Aristóteles, en su “justo medio”.

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