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Jeremy Martínez Santiago

La afectividad es un tema muy importante en la formación sacerdotal, ya que este ministerio implica todas las dimensiones del candidato, todas sus energías y potencias intervienen tanto en el proceso formativo como en el servicio pastoral.

El sacerdote ha de ser un hombre de madurez afectiva de manera que pueda desempeñar el ministerio en medio de hombres y mujeres de distintas condiciones cada uno y a todos llevar el mensaje del Evangelio.

Tenemos que hacer una distinción entre afectividad, sexo y sexualidad; mientras que el sexo es la distinción genital entre varón y mujer, la sexualidad, por otro lado, supone toda la persona: sus relaciones, su comunicación, el respeto, la imagen corporal, la propia intimidad y el comportamiento sexual; así mismo, la afectividad es la reacción a estímulos externos e internos donde intervienen los sentimientos y las emociones.

Al considerar que el sacerdote es un hombre célibe podríamos preguntarnos: ¿Cómo viven ellos su afectividad? No cabe pensar que la disciplina del celibato sea un impedimento para la realización afectiva de los hombres de Iglesia. Lo que sí podemos decir es que hay que estar en constante vigilancia de la propia persona en este campo para ejercer tan encomendada “caridad pastoral”. Esto porque es necesario tener madurez en seis aspectos fundamentales de toda persona humana:

1.- Empatía para participar de la realidad de las otras personas, especialmente en sus sentimientos y guiarle según la luz de Cristo.

2.- Interactividad para tener comunicación personal y cercanía, recíproca con los fieles

3.-Resiliencia para recuperarse ante circunstancias adversas que puedan acontecer.

4.- Automotivación que lo impulse a continuar entregándose incluso frente a contratiempos, aprovechar de la mejor manera el tiempo y las oportunidades de configuración con el Maestro y mostrar compromiso con la Iglesia, en actitud de servicio con lo que le sea encomendado.

5.- Autoconocimiento para reconocer delante de Dios y de los hombres sus propias cualidades y limitaciones, sus puntos fuertes, los dones con que ha sido enriquecido por Dios, sus responsabilidades consigo mismo y con la Iglesia.

6.- Por último, ha de ser autentico para mostrarse tal cual es, sin miramientos, sin reservas, por eso ha de configurarse plenamente y hacer suyos los sentimientos de Cristo sacerdote, maestro y pastor.

Así, S. Gregorio Nacianceno, siendo joven sacerdote, exclama:

«Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia. Sé de quién somos ministros, donde nos encontramos y adonde nos dirigimos. Conozco la altura de Dios y la flaqueza del hombre, pero también su fuerza.

Por tanto, ¿quién es el sacerdote? Es el defensor de la verdad, se sitúa junto a los ángeles, glorifica con los arcángeles, hace subir sobre el altar de lo alto las víctimas de los sacrificios, comparte el sacerdocio de Cristo, restaura a la criatura, restablece en ella la imagen de Dios, la recrea para el mundo de lo alto, y, para decir lo más grande que hay en Él, es divinizado y diviniza» Oratio.

Recordando las palabras del cardenal Tolentino: “Lo más humano es lo más divino”, como la enseñanza del Apóstol misionero: “Llevamos este tesoro en vasijas de barro” 2 Cor 4,7; nos alegramos de que el Señor se digne tomar a algunos hombres para este sagrado ejercicio.

@arquimedios_gdl

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