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El tiempo de Adviento es un tiempo de alegría porque nos prepara al nacimiento de Jesús.
¿En que se fundamenta este gozo? En lo que va a obrar en nosotros el Señor.
Ya lo ha hecho desde su primera venida, pero está dispuesto a actualizarlo para nosotros en esta Navidad.

Dios nos alegra por nuestra liberación. Su Hijo llega para curarnos y devolvernos la vida verdadera.

El pueblo de Israel esperaba un Mesías implacable contra todos aquellos que no cumplían la Ley de Dios,
pero Jesús se presenta haciendo obras de misericordia y de perdón. Despeja dudas de quién era Él con sus hechos, dirigidos a reconstruir y sanar nuestra pobre humanidad, con el anuncio de la misericordia de Dios para todos, especialmente para los pobres.

Jesús viene lleno de ternura, de compasión y de misericordia para con todos, en particular para con los que sufren.

Nosotros también podemos llegar a tener una imagen de Dios equivocada, y quisiéramos que su poder se manifestara en contra de aquellos que hacen o nos hacen mal. Quisiéramos que se manifestara duro y vengador con todos ellos. Pero Jesús no es justiciero, vengador, aniquilador, sino bueno y misericordioso
para con todos.
De esta verdad surge el gozo y la esperanza. ¿Quién de nosotros no padece, de alguna manera, alguna enfermedad? Y no solo enfermedades físicas, sino quién de nosotros se considera libre de alguna pena, de alguna tristeza, de alguna desilusión o desesperanza.
De todo lo que acontece en la humanidad, y que nos daña y nos hace sufrir, de todo quiere curarnos y salvarnos Dios.

A esto viene su Hijo Jesús en esta próxima Navidad, a sanarme a mí, para convencerme cuánto
me ama Dios por encima de mis pecados y errores, de mis limitaciones, de mis infidelidades, de
mis traiciones a mi identidad cristiana.

Hay otro tipo de alegrías que nos propone el mundo, que llegan de fuera, pero la alegría del Evangelio viene de dentro, es decir, de comprender y aceptar que Dios me ama y viene para salvarme. De aquí nace la verdadera alegría.
Las alegrías que vienen de fuera tal vez nos alegran por un momento (gastar y consumir más, comer, beber), pero cuando abusamos de ellas, nos queda más bien un vacío, una desilusión, tal vez un remordimiento y una tristeza. Esas alegrías no son auténticas. La alegría del Evangelio es la certeza
y la convicción de cuánto me ama Dios, cuánto está dispuesto a sanarme, cuánto quiere curarme de todas mis enfermedades físicas y espirituales, y de cuánto me espera para que entre en la comunión con Él.
De esta forma, la Palabra de Dios nos invita a la paciencia y a la esperanza, no a la resignación.
Mientras dure nuestra peregrinación por este mundo, hagamos como el campesino que, aunque no ve lo que está sucediendo dentro de la tierra, siembra su semilla con la esperanza de que fructificará. Así nosotros, mientras estemos en este mundo sembremos las semillas de la esperanza, del amor, de
los valores del Evangelio, de la fraternidad, del perdón, de la misericordia, de la solidaridad y del amor a la vida,

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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