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Fue llevada al Cielo, ¿de Éfeso o de Jerusalén?

Roberto O´Farrill Corona

Vestigios arqueológicos en el monte Bülbüdag, a siete kilómetros de la ciudad de Éfeso, confirman la tradición que sostiene que la Virgen María residió allí hacia la tarde de su vida, antes del momento de su Asunción al Cielo, fiesta que celebramos cada 15 de agosto.
En este lugar estuvo el sepulcro que para ella fue preparado, tradición que, a su vez, es sustentada por las visiones de la beata Ana Catalina Emmerick. Aunque otra antigua tradición sostiene que su sepulcro se encuentra en Jerusalén, como lo confirman el Obispo Juvenal (año 451); un protonotario de Éfeso,
de nombre Perdicas, que en el siglo XIII describe haber visito “la gloriosa tumba de la Virgen en Getsemaní”; y la edificación, en el siglo IV, de la Basílica de la Asunción.
TESTIMONIOS DE LA CIUDAD SANTA
En el mismo sitio en el que se localiza el sepulcro de la Virgen Madre de Dios, en Getsemaní, Jerusalén, se encuentra un bellísimo ícono que presenta a María con su pequeño y divino Hijo entre sus brazos, sosteniendo el orbe en su manita izquierda.

Conocido como La Virgen de Jerusalén, este ícono mariano fue escrito milagrosamente en 1870.
Se encuentra en el monasterio ruso de santa María Magdalena, frente al Monte de los Olivos, en Jerusalén, donde residía la monja Tatjana, una notable iconógrafa que en una de sus noches soñó con una monja que había ido a visitarla a su monasterio para pedirle que le hiciera un retrato.

En su sueño, ella le hizo ver a la visitante que no hacía retratos ni pinturas de nadie, pues no era artista ni pintora, sino que su tarea consistía en escribir iconos sagrados.
MANDÓ HACER SU RETRATO
En respuesta, le dijo: “En tal caso, hágame un ícono”. La hermana Tatjana le respondió que no disponía de alguna tabla de madera, pero la extraña mujer le entregó una tabla muy apropiada para el efecto. Algo incómoda, aunque con el deseo de atender la solicitud, Tatjana se dio a la tarea, y mientras lo iba desarrollando fue viendo que el hábito de la monja visitante se tornaba dorado y su rostro iba adquiriendo un resplandor creciente mientras le revelaba: “Bendita eres, Tatjana, tal como lo ha hecho el Apóstol y Evangelista Lucas, tú me vas a hacer un nuevo ícono. Entonces, la monja iconógrafa se sorprendió al percatarse de que no estaba pintando el retrato de otra monja, sino que estaba escribiendo un ícono sagrado de la Virgen María.
Al despertar del sueño, sorprendida, Tatjana se lo narró de inmediato a la Madre Abadesa, quien le respondió que regresara a dormir y que al día siguiente se dispusiera a escribir un ícono de la Virgen Madre de Dios, como el que había soñado.

De vuelta a su celda, advirtió que estaba inundada por una gran luz y por un amable aroma perfumado, cosa que le hizo volver a la Abadesa.

Cuando juntas acudieron a la celda de Tatjana, fueron testigos del milagro, pues ante sus miradas estaba el ícono del sueño, pero totalmente materializado, la Imagen sagrada de la Virgen, no hecha por mano humana.

Transcurrieron unos días de alegría en el monasterio, y Tatjana tuvo una visión de la Virgen María en la
que pidió que llevara el ícono a la Basílica de la Asunción, en Getsemaní, donde, desde entonces, se venera en el mismo sitio del sepulcro vacío de la Virgen Madre de Dios.

Acompañada de cantos y ángeles San Juan Damasceno, quien en su sermón Dormitione Deiparae o Dormición de la Paridora de Dios, describe cómo fue el glorioso tránsito de la Virgen, también sitúa su sepulcro en Getsemaní: “Por una antigua tradición, ha llegado hasta nosotros la noticia de que, al tiempo de su glorioso tránsito, todos los santos Apóstoles que andaban por el mundo trabajando para la salvación de las almas, se reunieron al punto, llevados milagrosamente a Jerusalén. Estando, pues, allí, gozaron de una visión angélica, oyeron un celestial concierto, y de este modo vieron entregada en manos de Dios su ánima santa, henchida de soberana gloria. Durante tres días se oyeron allí cantos angélicos que cesaron al cabo del tercer día. Llegando, entonces, el Apóstol santo Tomás, único que faltaba,
y deseando venerar aquel cuerpo que había tenido a Dios encarnado, abrieron el túmulo, más ya no encontraron allí el sagrado cuerpo”.

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