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Alfredo Arnold

El anuncio de que Banamex será puesto en venta, abre un capítulo más en la historia de la banca mexicana, una historia en la cual lo único que permanece constante es precisamente el cambio. Pasó de ser banca privada a banca estatizada, nuevamente privada y finalmente banca extranjera.

A lo largo de la colonia y después de un siglo de independencia, la bancarización fue sumamente lenta; durante el porfiriato comenzó a despertar; en la Revolución fue un desorden al surgir bancos y emisión de moneda por todos lados, algunos con influencia sólo en la ciudad donde se encontraban, y fue hasta la cuarta década del siglo XX cuando los bancos funcionaron con reglas bien definidas y empezaron a crecer y consolidarse.

Como antecedentes lejanos pueden citarse algunas instituciones que realizaban actividades financieras aunque no fueran precisamente bancos, como el Monte de Piedad creado en 1774 por Pedro Romero de Terreros.

En 1784 funcionó el Banco de Avío y Minas y en 1830, ya después de la independencia, el Banco de Avío Industrial, pero el primer banco realmente sólido que hubo en nuestro país fue el Banco de Londres y México que inició operaciones en 1864, el mismo año en que comenzó el Imperio de Maximiliano. Su nombre era The London Bank of Mexico and South América Ltd. Sus operaciones llegaban, como su nombre lo indica, hasta América del Sur y tenía gran influencia en Perú.

Pasada la revolución, construida la paz y habiendo entrado México en un proceso de desarrollo comercial e industrial, surgió la banca comercial, una banca dirigida por empresarios como Manuel Espinosa Yglesias que participó en el apalancamiento del progreso nacional.

El cambio de política económica ocurrida con el presidente Echeverría y el cálculo equivocado de López Portillo de apostarle todo al petróleo, llevaron a México a una grave crisis que se profundizó con la salida de capitales. Los dólares volaron y el Presidente culpó a la banca: “¡Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear!”, dijo aquel 1 de septiembre de 1982 cuando nacionalizó la banca.

En aquel momento ya era Presidente electo Miguel de la Madrid, quien se encontraba en el piso superior de la Cámara de Diputados y al escuchar el fulminante anuncio de la nacionalización, hizo una mueca de reprobación. Eso quedó registrado en videos. Al día siguiente, el Ejército tomó el control de todas las oficinas bancarias del país.

Con la nacionalización de la banca, que en aquel momento sumaba 49 instituciones, el Gobierno quedó en posesión de más del 50 por ciento de la economía del país. Tenía bancos, fábricas, Pemex, CFE, estudios de cine, medios de comunicación, equipos deportivos y hasta un cabaret… y el país se fue a pique.

Para entonces, había grupos consolidados como Comermex, Banamex, Bancomer, Atlántico, Serfín, Somex, etcétera. El gobierno, dueño de todos ellos, hizo una reestructuración y consolidación dejando solamente doce grupos. Junto a ellos, funcionaba una “banca paralela” de casas de bolsa, privadas.

La situación se volvió insostenible. La banca, como las demás empresas estatales perdía millones de pesos y había una exigencia social generalizada de que las cosas cambiaran. Así, el nuevo gobierno, encabezado por Carlos Salinas de Gortari comenzó a realizar reformas constitucionales cuyo objetivo era preparar la reprivatización de los bancos.

Los bancos regresaron a manos privadas, pero no a las de los antiguos banqueros, sino a nuevos empresarios que, al igual que el gobierno desconocían el manejo de la banca.

Entre 1991 y 1992 se privatizaron Mercantil, Banpaís, Cremi, Confía, Oriente, Bancrecer, Banamex, Somex, Atlántico, Promex, Banoro, Banorte, Internacional y Bancen.

CAOS QUE PROVOCÓ EL ERROR DE DICIEMBRE

Los nuevos dueños entraron en una feroz competencia, repartieron tarjetas de crédito como si se tratara de publicidad de taquerías y se autoprestaron dinero para desarrollar otros negocios.

Fue un caos que en 1994 provocó el “error de diciembre”, la quiebra de los bancos y la peor crisis financiera en la historia de México.

Una vez que se serenaron las aguas con la ayuda del presidente norteamericano Bill Clinton ante la banca norteamericana y de otros países, inició en el año 2000 una nueva etapa para la banca mexicana, una etapa de apertura y consolidación.

La primera medida oficial ante la quiebra de los bancos fue la intervención estatal, pero esta vez no se quedó con ellos, no repitió el error de López Portillo sino que los ofertó a la banca mundial. La venta de los bancos fue muy rápida: BBVA de España compró a Bancomer; la también española Santander, a Serfin; Citigroup de Estados Unidos, a Banamex; la británica HSBC a Bital, y la canadiense Scotiabank a Inverlat.

A lo largo del siglo XXI la banca mexicana-extranjera ha crecido enormemente. Pero también transitó hacia una banca moderna. Seguramente, muchas personas recordarán las enormes filas que había que hacer en los bancos para cambiar el cheque de la quincena, peor si la quincena caía en viernes. Con la banca extranjera se multiplicaron los cajeros automáticos y la banca digital se hizo realidad. Quién sabe qué hubiera pasado con una banca nacionalizada o en manos de mexicanos inexpertos.

Paralelamente, se han creado diferentes instituciones e instrumentos financieros. Hoy en día, las operaciones bancarias se encuentran sumamente diversificadas y reguladas. Es por eso que, en un mercado estable, seguro y rentable, sorprende que uno de los grandes bancos de México, Banamex, haya sido puesto en venta por su dueño: Citigroup.

Tal vez estamos ante una nueva etapa en la cambiante historia de la banca mexicana. Ya lo veremos.

*El autor es LAE, diplomado en Filosofía y periodista de vasta experiencia. Es académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara.

@arquimedios_gdl

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