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Pbro. Ernesto Hinojosa Dávalos

Los cristianos forman parte de la sociedad civil, los cristianos son sociedad; viven inmersos en las actividades ordinarias que conforman los diferentes estilos de vida de cada persona, en las que se entrelazan las relaciones familiares, vecinales, laborales, etc., que dan origen al tejido social. La idiosincrasia de cada pueblo les da identidad y los cohesiona como una sociedad caracterizada por sus elementos propios que los hacen únicos e identificables ante los demás pueblos y comunidades. “Ser parte de un pueblo es formar parte de una identidad común, hecha de lazos sociales y culturales. Y esto no es algo automático, sino todo lo contrario: es un proceso lento, difícil…, hacia un proyecto común” (FT 158).
La sociedad civil “se caracteriza por su capacidad de iniciativa, orientada a favorecer una convivencia social más libre y justa, en la que los diversos grupos de ciudadanos se asocian y se movilizan para elaborar y expresar sus orientaciones, para hacer frente a sus necesidades fundamentales y para defender sus legítimos intereses”, como señala el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, en el número 417.

Para lograr que un país funcione de acuerdo a sus propias expectativas trazadas en el pacto social, plasmadas en la Carta Magna (la Constitución), es necesario que los diferentes sectores de la sociedad funcionen. De manera particular, aquellos que se encargan de los servicios públicos, porque son a quienes el pueblo les dio su autoridad (soberanía) mediante el voto, para administrar el erario público y la elaboración de leyes que abonen a la construcción de la sociedad del bienestar mediante el bien común.

Propio de la sociedad civil es, por tanto, generar mecanismos de gobernanza de acuerdo a sus más altas aspiraciones, en los que están involucrados todos los sectores de la sociedad, porque de eso dependen la prosperidad de la ciudadanía y la paz social, mediante la aplicación de las leyes que lleven a la justicia en el orden de un Estado de derecho. Tarea tan importante no es exclusiva de algunos miembros de la sociedad, sino de todos, de ello pende el buen funcionamiento de las instituciones públicas que garantizan el bienestar social.

Que la ciudadanía participe de las decisiones de gobierno que lleven a su propio beneficio, es propio de las sociedades democráticas. Por lo que la política en su sentido más puro y originario es el de la cosa pública o lo perteneciente a la polis, a la población, es decir, es una actividad que compete a todos los ciudadanos. La actividad política tiene el cometido de trabajar por el bien común bajo los ejes de la solidaridad y la subsidiariedad, en los que están incluidos la dignidad de la persona y sus derechos.

Debido a la decepcionante actuación de la clase política, nos preguntamos: “¿Puede funcionar el mundo sin política? ¿Puede haber un camino eficaz hacia la fraternidad universal y la paz social sin una buena política?”, se cuestiona el Papa Francisco en la encíclica Fratelli Tutti. Sin duda, la respuesta exige poner las bases de una buena política, ya que es la política que se necesita.

@arquimedios_gdl

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