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DIMENSIÓN DIOCESANA DE PASTORAL
DEL ADULTO MAYOR

El tema de la muerte y de las postrimerías (muerte, juicio, infierno y gloria), es decir, lo que sucede
después de la muerte es un tópico fundamental de la fe de la Iglesia, así como el juicio que nos espera posteriormente de la propia muerte, y que el autor del cuarto tema de la Semana del Adulto Mayor nos presenta, desde la visión del Papa Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi, es el hilo conductor que lleva
a la reflexión de la realidad del propio fallecimiento.
Para algunos, la muerte ha sido motivo de estudio, para otros es un tema que se evita y hasta queremos verlo como algo muy lejano; para otros tantos, es algo que solo se plantea ante la experiencia de la muerte de los seres más cercanos y, más aún, es un tema que impacta en la medida del contexto que
acontece. Es por ello que la muerte, con todo lo que creemos después de ella, se vive en la ritualidad como constructor social en el terreno de la fe.
Este tema plantea dar un salto de confianza ante lo que no conocemos, y que la Iglesia da respuestas
para dar un sentido a la vida misma.

Y como ya se mencionó anteriormente, el juicio es un tema central de lo que se espera después de la muerte, conocido como el juicio intermedio, el cual se da entre la Resurrección de Cristo y el juicio
universal. Es decir, para la Iglesia el juicio intermedio es el juicio personal, donde se da el reconocimiento de las buenas obras y el premio de una vida congruente. Y el juicio final se realizará al final de los tiempos, en la última venida de Cristo. El Papa Benedicto XVI invita a esperar en la confianza el juicio intermedio, el encuentro con un Dios misericordioso y justo, pues en Dios la misericordia no es mayor que su justicia y su justica no es mayor que la misericordia; es por ello que debemos abrirnos a Él con esperanza.

Al contemplar el juicio como certeza de esperanza, se convierte en escuela del ejercicio de la misma, pues es poner un punto de apoyo en la esperanza, más allá de la propia vida. Es aprender a ver el juicio, no como un tema terrorífico, sino como el encuentro final con el Padre, como algo deseado y que ayuda a
adecuar la propia vida. Pues quien tiene claridad en el objetivo, sabrá poner en esta vida los medios para
llegar a lo deseado.

Ejercitarnos en esta escuela de esperanza, desde el juicio, lo hacemos cuando morimos al viejo yo, cuando hacemos ejercicios de aceptación de las circunstancias que vivimos, como la pérdida a los apegos (salud, trabajo, habilidades, independencia motora, etc.), pues cada día morimos de forma inconsciente, pero también, cada día nos adecuamos a las formas que nos presentan las situaciones, internas y externas, sobre todo en la etapa de la adultez.

El autor deja entre ver los claroscuros de nuestros propios miedos, pues a la oscuridad de cada miedo
corresponde la luz de nuestras esperanzas. Es por ello que el cuarto tema invita a dejar nuestros miedos y
dejar de ver la muerte como tabú o con una connotación negativa y, más bien, verla como la realidad
más cierta que viviremos cada uno, por lo que es necesario prepararnos para el gran acontecimiento de
nuestro encuentro con el Dios misericordioso que nos trasforma.
“Que la muerte vaya, pues, actuando en nosotros para que también se manifieste en nosotros la vida… y nos trasforme pasando de la corrupción a la incorrupción, de la muerte a la vida, de la mortalidad a la inmortalidad, de la turbación a la paz”. (San Ambrosio L.H. 496).

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