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Juan López Vergara

LA PALABRA DEL DOMINGO

El santo Evangelio que nuestra madre Iglesia ofrece hoy, muestra un pasaje en el que se compara el Reino de Dios a una boda, donde se han escogido a diez jóvenes para formar parte del cortejo; cinco de ellas representan a los buenos discípulos que desde su libertad, no sin una prudente actitud y en diligente compromiso, esperan el retorno del Señor Jesús (Mt 25, 1-13).

EL SUEÑO REPRESENTA LO IMPREVISTO Y SÚBITO DE LA PARUSÍA
Jesús cuenta a sus discípulos una parábola que refleja la vida real. Se trata de una boda celebrada según las costumbres hebreas. La ceremonia comenzaba con la ida del novio a casa de la novia para llevarla desde allí a la nueva casa. El retraso del novio es explicable, pues tenía que convenir con los parientes de la novia los regalos que se harían a la familia. Ellos debían mostrarse exigentes, manifestando así que la familia perdía algo de gran valor al entregar la novia a otra familia.
La novia ataviada para la ocasión, mientras tanto, esperaba en la casa paterna, junto con sus amigas, el arribo de su novio para llevarla a su nueva casa:

“El Reino de los cielos es semejante a aquellas diez jóvenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo” (v. 1).

La parábola originalmente no aludía a la espera de la venida del Señor, sino a la llegada del Reino. En la versión mateana se ha convertido en una exhortación para estar preparados ante el imprevisible retorno de Jesús:
“Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron” (v. 5).
El punto clave de la parábola no es la llegada o el retraso del novio, sino el hecho de que las jóvenes poco previsoras no podrían participar en la boda, encantadora imagen alusiva de una de las celebraciones más alegres y festivas. El sueño representa lo imprevisto y súbito de la parusía, esto es, la segunda venida del Señor.

LLAMDOS A SER COMPROMETIDOS Y NO DESPREOCUPADOS
Entre aquellas jovencitas había de dos clases: descuidadas y previsoras (véase v. 2). Las primeras no se proveyeron de aceite (véasev. 3); mientras que las prudentes sí que lo hicieron “llevando cada una un frasco de aceite junto con su lámpara” (v. 4).
San Jerónimo considera que las diez jóvenes representan a los dos tipos de personas que hay entre los cristianos: los comprometidos y los despreocupados.

LA LIBERTAD SÓLO PUESE SER TOMADA LIBREMENTE
Para Mateo, los buenos discípulos, deben estar preparados escuchando y, a partir de su libertad, poner en práctica las palabras de Jesús: “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7, 21).
El padre Hans Urs von Balthasar, a quien san Juan Pablo II consideraba uno de los más grandes teólogos de nuestro tiempo, en un pequeño libro, que no me cansaré de recomendar, convertido ya en un clásico, enseña:

“La gracia ha sobreabundado frente al pecado (Rm 5, 15-21), pero la libertad sólo puede ser tomada libremente. El indicativo de que hemos muerto y resucitado con Cristo está ahí, pero el imperativo que en él se contiene ha de ser escuchado y puesto en práctica por la persona” (¿Nos conoce Jesús? ¿Lo conocemos?, Herder, Barcelona 1982, pág. 60).

Muy apreciables lectores, para actualizar la Palabra de Dios, ofrecida en este pasaje, que menciona el retraso de la vuelta de Jesús (compárese vv. 5 y 10), y la exhortación con que concluye (véase v. 13), enseñándonos así que, lejos de permanecer en el adormecimiento y el descuido, la certeza de la venida del Señor debe impulsarnos a un diligente compromiso.

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