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PBRO . ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Para los misioneros que trabajaron en nuestro hoy país durante el siglo XVI, la Pascua se hizo esperar, antes de que llegara debió darse un prolongado camino de esfuerzos y sacrificios indecibles que fueron del Domingo de Ramos al Viernes Santo, es decir, de la calurosa acogida que Hernán Cortés ofreció a los primeros 12 franciscanos, al interminable calvario que los frailes sufrieron sea por parte de los españoles ambiciosos, que de los indígenas rebeldes a toda predicación cristiana, un largo periodo de aprendizaje a marchas forzadas de las lenguas propias de la gente, y un interminable viacrucis por territorios infinitos e inexplorados, a veces de vegetación agobiante, a veces de aridez extrema, de mesetas elevadas o profundas barrancas, siempre caminando a pie y descalzos, apoyados en una inquebrantable fe en Cristo Jesús y en todo tiempo solidarios con la condición de los indígenas.
Pero en la década que va de 1552 a 1562 se produce una grave crisis entre los misioneros. Han envejecido los de la primera hora o ya han muerto, y los nuevos que llegan se encuentran con un panorama poco alentador, o por lo menos, no tan alentador como se lo habían imaginado. En los territorios que estaban siendo evangelizados desde 1524 los resultados no llegaban, si bien es verdad que muchos indígenas habían aceptado la fe y se esforzaban en vivirla, otros muchos o huían a las serranías para conservar sus creencias, o fingían convertirse, ocultando sus ídolos en corrales, casas, cuevas, pedestales de cruces atriales y hasta en los muros de las iglesias que ellos mismos construían para seguir dándoles culto de manera camuflada.

Ya en el primer concilio provincial mexicano de 1555 se había prohibido a los misioneros predicar en la lengua de los naturales a menos que hubiera constancia de que la estaban hablando bien, pues el uso deficiente del idioma había producido malentendidos y errores entre los evangelizados, y este problema, el de las lenguas, generaba igualmente frustraciones e impotencia en los misioneros.
Tantos trabajos y tan exigentes, contrastados con poco fruto y una tenaz resistencia indígena al cristianismo comenzaron a pesar más que los buenos resultados que sí se daban, sobre todo, entre los niños y jóvenes que se educaban en los conventos y colegios misioneros, así que de pronto corrió en España la voz de que las misiones no estaban dando el fruto esperado mientras que las condiciones del trabajo pastoral eran bastante duras, bajando sensiblemente el número de frailes que aceptaban venir a México, mientras que otros que lo habían hecho, ante el panorama que encontraban, buscaba regresarse, situación que llevó a Felipe II a establecer la norma de que todo misionero que viniera a estas tierras debería permanecer en ellas por lo menos diez años antes de volver a España. Estas realidades llevaron a Obispos y misioneros a un cambio de estrategia que ya para la primera mitad del siglo XVII comenzó a dar fruto abundante.

armando.gon@univa.mx

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