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Hermanas y hermanos en el Señor:

Estamos en el tiempo de caminar hacia la Pascua. Con la recepción de la ceniza recordamos la fragilidad de nuestra vida y de las cosas del mundo.
Nuestra “seguridad” en esta tierra es polvo, que identificamos como el afán de ser reconocidos por los demás, nuestro orgullo, nuestra ambición, nuestro protagonismo, pero todo esto es nada, es polvo.
Esto lo podemos decir también de los gobernantes de los estados en su afán de poder, cuando atentan contra los derechos humanos, cuando quieren imponer su criterio por encima de la justicia y del anhelo de la convivencia y de la paz.
Como contraparte a estas actitudes negativas, al iniciar la Cuaresma debemos fijar nuestros ojos en Jesús que, impulsado por el Espíritu, se retiró al desierto, a orar.

Por eso, ahora, somos invitados a retirarnos, también, al desierto, es decir, a experimentar un clima de silencio interior, para que recuperemos la verdadera dimensión de nuestra existencia.

Si no descubrimos nuestro destino sobrenatural, el llamado a la trascendencia, entonces vamos a permanecer anclados en el engaño del polvo de la ceniza, de la nada. La Cuaresma es para que, unidos a Jesús, podamos vencer todo aquello que es engaño en nuestra existencia, y descubramos lo que es verdadero, noble, permanente, estable, trascendente.
Estamos en un tiempo y cultura en los que se habla de seres extraterrestres que supuestamente habitan y vienen de otros planetas. En este sentido, muchas veces no nos damos cuenta de que somos alienígenas (alienados, enajenados) en nuestro propio planeta. Vivimos una realidad ficticia que nosotros mismos nos hemos creado.

Vivimos imaginando sueños que nunca llegan, y por estar ocupados en anhelos de grandeza inalcanzables, nos desentendemos de lo esencial, de nuestra vida interior, integral, así como de nuestra salud espiritual, física y emocional.

Además, nos descuidamos de la salud relacional, perdemos la dimensión, el valor y el significado de lo que es convivir con los hermanos que necesitan y esperan de lo mismo que nosotros necesitamos y esperamos para ser felices.

Nos alienamos y nos desentendemos de lo que verdaderamente es importante y trascendente en nuestra vida personal y comunitaria.

La Cuaresma, de la mano de Jesús, es para retomar el camino, la verdad y el sentido sobre nuestra existencia, y vivirla a plenitud. Para concretizar nuestro camino cuaresmal, debemos practicar tres cosas:
1) La oración. Que establezcamos en nuestra vida diaria un momento de comunicación profunda y sincera con el Padre y con su Hijo Jesús, que le hablemos de los que somos, de lo que deseamos, tememos y sufrimos.
2) Que hagamos un sacrificio de privarnos de todo aquello que nos roba la paz y la verdad de nuestro ser. Que nos liberemos de todo aquello que nos aliena.
3) Obras de caridad. Que repartamos con los más necesitados.
Si vivimos así la Cuaresma, llegaremos a la meta que es la Pascua con una vida nueva, resucitando a la nuestra verdadera manera de ser de hijos dignos y libres de Dios.
Que la Cuaresma sea tiempo para recuperar la dignidad perdida que nos dio el Bautismo, y que resucitemos con Él a una vida de libertad y de fidelidad.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

@arquimedios_gdl

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