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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

En 1867 Japón era todavía una sociedad medieval, cerrada y con el alto riesgo de convertirse en un país colonizado.
Fue entonces que su gobierno advirtió la urgente necesidad de apostar consistentemente a un proyecto educativo que ubicara al país entre las primeras naciones del planeta.
Era un reto enorme, brincar del medioevo a la sociedad moderna, pero era posible si se identificaba con claridad el objetivo, se ponían los medios correctos para alcanzarlo y se sostenía el proyecto sin subidas ni bajadas.
En 1965, Singapur no era otra cosa que un puerto de medianos alcances, apenas independizado de la Gran Bretaña, con un largo pasado colonial y una sociedad precaria. Quienes lideraron su independencia decidieron convertir aquel conjunto de etnias diversas en una nueva sociedad, para ello se aplicaron tenazmente en el logro de dos metas: tener la mejor administración pública y erradicar la corrupción. Pronto se dieron cuenta de que el recurso fundamental para alcanzar estos ideales estaba en la educación, y hacia allá volcaron toda su atención.
Para los inicios de la Primera Guerra Mundial, Japón ya era una potencia, y en el momento actual Singapur es una de las tres economías más importantes de Asia.
En el año 2000, Federico Reyes Heroles afirmaba que, para que México pudiera realmente competir con sus socios comerciales, es decir, Estados Unidos y Canadá, era urgente iniciar en ese mismo año una profunda reforma educativa, de hacerlo en esa fecha, los primeros resultados se empezarían a apreciar dieciséis años después.
Bueno, lo cierto es que esa reforma educativa sigue sin llegar, en su lugar lo que seguimos teniendo son ensayos, experimentos, idas y vueltas a tenor del partido en turno, debates ideológicos, concesiones a los activismos de moda, bloqueos, huelgas magisteriales, imposiciones y rechazos, y al final, lo único que hemos logrado con mucha consistencia es un fracaso permanente.

Mucho se debate ahora sobre el tema de los libros de texto, y se nos escapa que el problema verdaderamente grave, sin ignorar las limitaciones de los contenidos y su trasfondo ideológico inadmisible, es que no logramos superar el callejón sin salida de la educación en México, cuyas permanentes lacras han sido: la inestabilidad de los programas, la incapacidad de los secretarios, el permanente cambio de objetivos y métodos, la inconstancia de la capacitación magisterial, la sujeción de los sistemas al partido en turno y por lo tanto, el que cada seis años se esté pretendiendo reformar la educación sin darle jamás tiempo de madurar a proyecto alguno, además, la corrupción de la burocracia magisterial, el sindicalismo, la exclusión de la sociedad a la hora de tomar decisiones, el prejuicio autoritario político que lleva a los gobiernos a pensar que ellos son los que deciden que sí y que no se debe enseñar en las escuelas, el derroche irresponsable de los recursos, la desigualdad educativa entre el norte y el sur del país, y en el momento presente, el atentado criminal de los cárteles delincuenciales por lograr el control de las escuelas para la distribución de drogas dentro y fuera de los planteles.
Una reforma educativa de verdadero futuro exigiría convertir al gobierno en un facilitador de la educación, y poner ésta en manos de un equipo de expertos certificados y avalados por el conjunto de la sociedad y de las instituciones educativas no politizadas, de tal manera que la Secretaría de Educación se mantuviera al margen de los cambios sexenales, y sin que su estructura fuera parte de los repartos de cargos que se hacen con cada nuevo gobierno en favor de aplaudidores de campaña.

armando.gon@univa.mx

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