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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El próximo 13 de mayo se cumplen quinientos años de la llegada de los primeros doce misioneros a México. Pertenecían todos a la orden franciscana observante, y para llegar a estas lejanas tierras debían hacer una difícil travesía, asunto sobre el que rara vez nos ponemos a pensar.
Cruzar el océano atlántico en el siglo XVI requería en promedio tres meses de viaje a bordo de frágiles embarcaciones de madera, que para avanzar dependían del viento. Dado que no existía refrigeración, a los pocos días el agua dulce que llevaban a bordo comenzaba a degradarse sin poderla cambiar pues en el trayecto, dejadas atrás las Islas Canarias, no había ya ningún otro sitio donde parar a abastecerse, sólo el mar infinito. La gente dormía en la cubierta pues debajo de ella iba la mercancía. Asearse era casi imposible durante esos tres meses, e ir al baño resultaba tan arriesgado que la gente prefería desahogarse bajo cubierta, con lo cual este espacio se volvía nauseabundo. Las letrinas eran improvisadas tablas volando sobre la borda de barcos frecuentemente oscilantes.
Las tormentas marinas hicieron naufragar infinidad de naves, mientras que una calma sin viento estancaba por días a los navíos. La comida consistía en galletas duras que había que remojar en un agua cada vez de peor sabor, así como algunos embutidos salados y eventualmente pesca que se cocinaba a bordo. Enfermedades a causa de infecciones o deficiencias alimenticias eran muy comunes, y la gente podía morir a bordo, siendo sus cuerpos arrojados al mar. A medio viaje, el ambiente humano se volvía insoportable e incendiario.

Estos barcos solían medir cuarenta metros de largo por diez de ancho, en términos generales, y solían ir atestados de personas y de animales. Poder, pues, llegar vivo al puerto de Veracruz era una verdadera proeza física y tecnológica, sometida al azar de las circunstancias climáticas. No era tan fácil tomar la decisión de cruzar el mar, pues el riesgo de perder la vida era demasiado alto, a menos que las razones de hacerlo fueran mucho mayores, y en este asunto no había más que dos motivaciones: los ideales o los intereses.

A los primeros misioneros les movían sus ideales, dado que venían sin percibir salario, sin equipaje oneroso, sin ambición de tierras, minas, o cargos, su único objetivo era predicar a Jesucristo sin importar las condiciones del viaje o de la tierra a la que llegaban. Fue de este conjunto de renuncias y verdaderos sacrificios que iniciaban con la travesía, que nacerá en México la comunidad cristiana, recordemos al menos los nombres de estos primeros misioneros:
Martín de Valencia, líder del grupo; Francisco de Soto, Martín de la Coruña, Toribio de Benavente, Luis de Fuensalida, Antonio de Ciudad Rodrigo, Juan Suárez, García de Cisneros, Juan de Ribas, Francisco Jiménez, Juan de Palos y Andrés de Córdoba. ¿Quién siquiera los recuerda? ¿Cómo podemos explicar esta nuestra ausencia de gratitud?
¿Cómo fue que perdimos nuestra memoria histórica?

armando.gon@univa.mx

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